ANA MENDOZA Y DE LA CERDA.
PRINCESA DE ÉBOLI (1540-1592)



DATOS BIOGRÁFICOS

Ana de Mendoza y de la Cerda fue bautizada el 29 de junio de 1540 en la localidad alcarreña de Cifuentes. De lo que se deduce que debió de nacer seguramente dos o tres días antes; el 26 o el 27 de junio. En la partida de bautismo figura bajo el nombre de "Juana" aunque en el resto de documentos históricos siempre aparece con el nombre de Ana. Nacida en casa de sus abuelos los condes de Cifuentes, fue bautizada por el canónigo de la Iglesia de Toledo, don Juan de la Cerda, siendo inscrita en el libro primero de los registros parroquiales de la iglesia del Salvador: "Hoy día del Señor San Pedro de Junio fue bautizada la hija del conde de Mélito, llamóse Juana de Silva, fueron los padres condes de Alyano de Almenara y bautizóla el canónigo Cerda". El nombre de Juana de Silva se debe a la libertad existente en aquella época para elegir apellidos. Además, al no haber hijo varón, se podía perder el "Mendoza", por lo que la cambiaron el nombre.

Partida de nacimiento de la Princesa de Éboli conservada en la Iglesia del Salvador de Cifuentes (Guadalajara).


Efectivamente, sus padres fueron Diego Hurtado de Mendoza, príncipe de Mélito y nieto del Gran Cardenal Mendoza, y Catalina de Silva, hija de los condes de Cifuentes, cargo que luego heredaría su hermano.

La primera mención que de ella se hace en la documentación de la época es del 7 de mayo del año 1553, cuando estaba a punto de cumplir los trece años de edad. En una carta de Juan de Sásamo, secretario del emperador Carlos V, al servicio del príncipe Felipe dirigida a Francisco de Eraso, también secretario del Emperador, hace referencia al enlace entre Ana y Ruy Gómez. De ella se habla en estos términos: "Su alteza ha casado a Ruy Gómez con hija del conde de Mélito, que ahora es heredera de su casa, y también lo podría ser de la del conde de Cifuentes; porque no tiene sino un niño y es bien delicado. La moza es de 13 años y bien bonita aunque es chiquita."
Al casarse, el matrimonio pasó a convertirse en condes de Mélito, título cedido por el padre de la novia. La poca edad de Ana, apenas contaba en aquel entonces con 13 años, hacía inviable la consumación del matrimonio. De esta forma, aprovechando la situación gracias a la cual Ruy Gómez debía acompañar al todavía príncipe Felipe en su viaje por Inglaterra y Flandes, el portugués dejó a su esposa en casa de los padres hasta su regreso definitivo en 1559.

Ascendencia de la princesa de Éboli. Extraído de la obra de Antonio Herrera Casado.

La Princesa de Éboli, una guía para concerla (Aache, Guadalajara 2000; http://www.aache.com/).

De su infancia no hay apenas más noticias. Conocemos que en 1555 estuvo viviendo en Zaragoza cuando al padre de la Princesa le nombraron virrey de Aragón. Dos años después en 1557, nos la encontramos en Valladolid. Allí residió primero con sus padres en una casa alquilada, aunque su ubicación exacta está totalmente perdida, y luego —desde enero de 1558 hasta agosto de 1559— en el castillo de Simancas, justo en el momento en el que este edificio dejó de ser cárcel para convertirse en lo que todavía es hoy, un importante archivo histórico.

La vida en familia no debió de ser muy agradable. Como cuenta en varias cartas Juan de Escobedo a Ruy Gómez, sus padres se pasaban el día en disputa continua: "su negocio en mesa y fuera de ella, era tratar de morderse y decirse lástimas, y que por el mismo caso entendía que siempre estaban disconformes". Era él quien más leña echaba al fuego, al estar todo el día detrás de faldas, aunque tampoco la forma de ser de la madre resultaba de lo más modélico. En cualquier caso, el comportamiento de la joven Ana fue ejemplar. Así lo atestigua la correspondencia conservada de estos años en Valladolid en la que se le reconoce al mismo Ruy: "tenéis una mujer muy honrada y muy sesuda para su edad, y parece de muchos más años de los que tiene; no os cumple tenerla con sus padres en inguna manera del mundo".
La razón de incompatibilidad matrimonial fue la causa de separación que gracias a la mediación de Juana de Austria, hermana del rey Felipe II y Gobernante en su ausencia, se llevó a cabo cuando doña Ana y su madre pasaron a vivir al castillo de Simancas (Valladolid) en enero de 1558.
Seguramente fue en esta época cuando sufrió el accidente que la llevó a perder el ojo derecho, si es que realmente era tuerta. La leyenda, cuyos orígenes no van más allá del siglo XIX en los "mentideros" de la casa del Infantado, habla de una lucha accidentada con uno de los pajes de la joven quien estrelló la punta de su florete en el ojo de Ana. Sin embargo, no es seguro que fuera tuerta.
Al menos no se comenta nada de este detalle en la mencionada carta de Juan de Sásamo al secretario del Emperador con motivo del enlace con Ruy Gómez de Silva.
Después de que Ruy comprara a su suegro el territorio de Éboli, en Nápoles, a 20 kilómetros de Salerno, el mismo año de 1559, el ya coronado Felipe II nombra al matrimonio príncipes de Éboli. Diez años más tarde comprarían la villa de Pastrana siendo nombrados en 1572 duques de Pastrana por el Rey.
La villa dio un giro de 180 grados con la llegada de los duques. El comercio se intensificó con la venida de moriscos, la aparición de nuevos cultivos, la creación de una feria y la fundación en 1569 de varios centros religiosos de la mano de Santa Teresa de Jesús, además de la fundación de la iglesia que más tarde se convertiría en colegiata de Pastrana.
Del matrimonio, que vino a durar casi quince años, nacieron once hijos de los que solamente sobrevivieron media docena.
A comienzos de la década de 1560 la vida de la Princesa estuvo centrada en la corte de Madrid. Allí intimó con la nueva esposa del rey Felipe, Isabel de Valois, cinco años más joven que ella y con quien mantuvo una gran amistad hasta la muerte de la reina en 1568. Su cercanía estuvo a punto de convertir a doña Ana en Camarera Mayor de la reina. Esto sucedía en abril de 1566 cuando fallece la condesa de Ureña quien ostentaba este cargo. Pero finalmente, aunque la princesa de Éboli hizo todo lo posible por hacerse con el puesto, el rey eligió a la duquesa de Alba, actuando así en contra también del gusto de su esposa, Isabel de Valois.
Los problemas que tanto han llamado la atención sobre la vida de Ana de Mendoza comienzan con el fallecimiento de su esposo, el 29 de julio de 1573. El primer movimiento sobre el tablero fue el intento finalmente frustrado de meterse a monja bajo el nombre de sor Ana de la Madre de Dios, en una de las fundaciones pastraneras de Santa Teresa. Lo que consiguió fue revolucionar la vida del convento y que las carmelitas abandonaran a los pocos meses el lugar, hartas de los desvaríos y caprichos de la Princesa, poco acordes a la vida espiritual a la que estaban acostumbradas las religiosas.
En lo que respecta a la administración de su hacienda personal, el caos fue continuo con diferentes despropósitos que pusieron en evidencia la nula capacidad de Ana para manejar su fortuna.

Muerta su madre en 1576, su padre siguió sus pasos en 1578 no sin antes poner en un brete a la Princesa casándose en segundas nupcias con Magdalena de Aragón. Ésta se encontraba en estado del padre de la Princesa, lo que implicaba la seria posibilidad de que Ana perdiera cualquier derecho a la herencia si el nacido era un niño. Finalmente fue niña y, además, falleció al poco tiempo de venir al mundo.
Tras este episodio, Ana de Mendoza regresó a Madrid a las casas que poseía cerca del Alcázar real, junto a la antigua iglesia de la Almudena, en la esquina entre lo que hoy es la calle Mayor y Bailén. Precisamente, en unos jardines cercanos existe una placa conmemorativa de la Princesa haciendo alusión a la situación de las casas de doña Ana.
En esta tesitura es cuando intimó con Antonio Pérez, secretario de Felipe II. Al parecer entre los dos hubo algo más que sintonía política. Contaban con la misma edad y aunque Pérez estaba casado con Juana Coello, de la importante familia de los Vozmediano, al parecer, no hubo escrúpulos entre los dos para seguir adelante con su secreta y supuesta relación, todavía hoy no demostrada por nadie ni por ningún documento.
Fruto de esta relación, o mejor dicho habría que hablar de acercamiento, es lo que a la postre supuso el asesinato de Juan de Escobedo el 31 de marzo de 1578, Lunes de Pascua, muy cerca de las casas de la Princesa en Madrid.
Escobedo, era secretario de don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II. Se encontraba en Madrid para pedir dinero para la guerra de su señor en los Países Bajos. No sabemos cuál fue la razón última, pero su muerte está relacionada bien con que descubrió los tejemanejes que se traían Pérez y la Princesa en la política exterior de España o bien por que ambos habían sido vistos en actitud poco decorosa para una viuda y un hombre casado. Ante el temor de que, por cualquiera de las dos razones o por las dos juntas, Felipe II actuara en contra de la pareja, Pérez hizo creer al Rey los peligros que suponía su hermanastro y su secretario, haciendo asesinar a éste por un grupo de truhanes a sueldo de Pérez: Diego Martínez, Juan Rubio, Juan de Mesa, Antonio Enríquez, Miguel Bosque e Insausti.
Tras un año de tensiones entre la familia de Escobedo, Antonio Pérez y el propio monarca, quien en gran parte tenía la culpa de la muerte del secretario de don Juan, Pérez y Ana fueron hechos prisioneros y por separado la misma noche de 28 de julio de 1579.
Mientras Antonio Pérez, quien contaba con cartas comprometedoras para el rey, sufría una prisión mucho más dulcificada que la de la Princesa, ésta vivió los peores momentos primero en la Torre de Pinto junto a sus hijos. Debido a las enfermedades que le sobrevinieron por los fríos de la Torre, desde enero de 1580 se la recluyó en el castillo de Santorcaz y finalmente, desde 1581, en su palacio ducal de Pastrana.

De este período de la vida de la Princesa se conserva muy poca documentación. Sabemos que sus últimos años siempre estuvo atendida por su hija pequeña, Ana de Silva y Mendoza y tres criadas.
Se cuenta que durante la prisión en Pinto y Santorcaz la vida entre Ana y sus cuidadores fue más que difícil. La levadura de todas esas desavenencias quizás no se debiera al comportamiento de la Princesa sino al de su dueña, Bernardina Cavedo (o Carrera) de la Puente. Al parecer, esta mujer, jefe del servicio de la Princesa mandaba más que la propia doña Ana y continuamente metía cizaña entre recluidos y guardianes. No olvidemos que la tal Bernardina había colocado entre unos familiares y otros de ella misma, hasta 20 personas en el servicio de la Princesa, lo que suponía la creación de una especie de "hampa" dentro de la casa de doña Ana que no cesaba de suponer problemas en la vida diaria. La decisión tomada cuando se trasladó a la Princesa a su palacio ducal de Pastrana fue la de alejar a Bernardina de su señora. De esta forma, tras barajar la posibilidad de llevar a Alcalá de Henares e incluso a Valladolid, finalmente el Rey optó por mandarla aún más lejos. Así pues, el destino final de Bernardina fue Jerez de los Caballeros (Badajoz) a donde iría a vivir con un hijo suyo que era fraile y que por entonces estaba en Mérida.
En 1582 Felipe II quita a la Princesa la custodia de sus hijos y de los bienes de la familia. Éstos serían gestionados por un administrador y luego por el hijo pequeño de Ana, fray Pedro González de Mendoza.
Después de la huída de Pérez a Aragón en 1590, llevándose con él toda la documentación comprometedora, Felipe II hizo aún más duro el encierro de la Princesa, colocando rejas en la torre oriental de su palacio e impidiendo que abandonara aquella habitación, teniendo solamente contacto con el exterior a través de un torno que se había colocado en la puerta de la celda custodiada por seis hombres. La Princesa solamente podía asomarse por las tardes durante una hora por la ventana que daba a la plaza Mayor que, desde entonces, pasó a llamarse plaza de la Hora.
Cabe la posibilidad, según se ha rumoreado, de que Antonio Pérez pasara por Pastrana y visitara a la Princesa (¿su amada?) antes de huir hacia Aragón. De ahí, la repentina decisión del monarca de recrudecer el cautiverio de doña Ana.
Ana de Mendoza y de la Cerda falleció el 2 de febrero de 1592. Sus restos descansan junto con los de su esposo y otros miembros de la familia en la cripta de la colegiata de Pastrana. Allí se hizo enterrar con el hábito franciscano dentro de un ataúd de madera y otro de plomo.


RAZONES DEL ENCIERRO

La no existencia de una acusación formal contra la Princesa, algo, por otra parte, nada extraño en la época, ha provocado ríos de tinta sobre cuál fue la razón del Rey para encarcelar a doña Ana durante casi 13 años y de forma tan cruel desde 1590 con la huída a Aragón de Antonio Pérez. Que éste estaba por medio en la razón que llevó al monarca a encarcelarla es algo obvio. De lo contrario, no se explica que Felipe II, a través de Mateo Vázquez, mandara cortar de raíz la comunicación por carta que había entre ambos aun después del encierro de los dos supuestos amantes.

La "traición" de don Juan
Se habló sobre la posibilidad de que junto a Antonio Pérez intrigara en contra de Juan de Austria, inventando una supuesta invasión de Inglaterra por parte del hermanastro del Rey para hacerse, ayudado del duque de Guisa, con la corona de Inglaterra, casándose con María Estuardo (1542-1587). La revisión de las cartas de don Juan que más tarde el propio Felipe II mandó destruir, demostraron, al parecer, que nada de lo que en un principio había presentado Antonio Pérez como real era, ni mucho menos, cierto. En cualquier caso, no queda muy claro, de haber sido cierta esta hipótesis, cuál era el papel de la Princesa en esta historia. Ni siquiera dando por buena la idea de que "la mujer —refiriéndose a la Princesa— era la levadura de todo" tal y como se hablaba de ella en algunas cartas de la época.

Amante de Antonio Pérez
La historia, más que la leyenda, señala que efectivamente Ana de Mendoza y Antonio Pérez se traían amoríos entre manos. Es posible también que Juan de Escobedo, antiguo amigo de Pérez y fiel servidor de Ruy Gómez, sorprendiera a los amantes si es que lo fueron. Hoy nos puede resultar absurdo. Da igual que la Princesa fuera viuda y que Antonio estuviera felizmente casado. En el siglo XVI el papel de la viuda era llorar al esposo muerto con respeto y el de él, más que menos, ser fiel a su mujer. Lógicamente, nadie hacía esto aunque en la medida de lo posible se procuraba lavar la cara en público y guardar las maneras. Es más, el propio Juan de Escobedo contaba con una amante en Madrid, doña Brianda de Guzmán, a quien venía de ver precisamente el día que lo acuchillaron junto a la Almudena.
Seguramente, Pérez ante el temor de que Escobedo contara al Rey lo que había visto, decidiera acabar con su vida. Para ello  también debió de inventar la historia de la traición de don Juan y del peligro que conllevaba Escobedo para la corona española.
Felipe II al conocer la verdad, ¿que Ana y Antonio eran amantes?, decidió perseguirlos hasta acabar con ellos. A él por los papeles con que contaba y a ella, quizás por haber faltado al respeto a la memoria de su esposo Ruy Gómez. Aún así, no se comprende la crueldad del rey para con ella durante tanto tiempo. ¿Sintió celos de Pérez al haber sido él mismo amante de Ana tiempo atrás, tal y como se rumoreaba en los mentideros de Madrid? No lo creo. Debió de haber algo más.
Por otra parte, en el Proceso Criminal son varios los testigos que hablan de la relación entre Pérez y una de las damas de la reina, Ana Manríquez, quizás la esposa de otro de los secretarios de Felipe II. Al parecer, las aventuras entre ambos en el El Escorial debían de ser importantes.
En contra de esta hipótesis se presenta la posibilidad nada despreciable de que Pérez fuera homosexual. Al menos así se le acusa en su proceso posterior, aunque, lógicamente, este hecho no aprueba ni desmiente nada. Uno de los aspectos que más llamaron la atención a la Princesa y también la desagradó cuando lo conoció, fue el excesivo pimpolleo del secretario. éste gustaba de presentarse siempre en público perfumado en exceso y emperifollado con vestiflotantes ropas. Tuviera o no pluma don Antonio, también hay que decir que de la correspondencia que ha llegado hasta nosotros mantenida entre él y la Princesa, no se puede atisbar el más mínimo destello de esa relación amorosa. Es más, de haber algo, sí se podría especular con la posibilidad de que doña Ana sirviera en más de una ocasión de alcahueta para buscar al secretario "gentiles hombres de sus mismos gustos", tal y como leemos en la correspondencia.
La idea por desgracia generalizada de que doña Ana era un mujer ligera de cascos asienta sus bases en la simple leyenda. Su mala fama, en la que se la incluían amoríos con todo hijo de vecino, hizo que en el año 1743 publicara un libro el licenciado don Estanislao de Burguillos y Pérez, Caballero Vallisoletano y Capellán del Real Colegio de Doncellas Nobles de Pastrana (sic.) en donde hablaba de doña Ana como "la Puta", haciendo así alusión al mote que de boca en boca corría por los habitantes de la villa.

La razón de Portugal
Gaspar Muro presenta en su Vida de la princesa de Éboli, la teoría de Portugal mencionando una carta de Pedro Núñez de Toledo al secretario de Felipe II, Mateo Vázquez, fechada el 25 de agosto de 1579. En ella se habla de las sospechas que corren en forma de rumores de que la causa de la prisión de doña Ana se debe a que "la Jezabel (Ana de Mendoza) trataba de casar con hijo del de Braganza, y que con esta ocasión el Caballero Portugués le hacía amistad hasta darle la cifra y otras cosetas de por casa desta manera, cosa que tiemblan las carnes al oírlo".
Más tarde Gregorio Marañon, en una charla impartida en Cádiz después de publicar su monografía sobre Antonio Pérez, con el título de "Dos mujeres importantes en el proceso de la anexión e independencia de Portugal", el que apoyó firmemente esta posibilidad hablando de la posible

confabulación entre Pérez y la Princesa para colocar a una de sus hijas en el trono de este país en detrimento de Felipe II.
Ésta es, para muchos, la justificación velada del trato dado por el Rey a doña Ana de Mendoza.
El trono de Portugal estaba en manos del rey Sebastián (1554-1578), sobrino de Felipe II. Las alocadas aventuras del joven Sebastián en África cuando no contaba heredero alguno a la corona, convirtió Portugal en un nido de víboras de nobles y trepas que pretendían colocarse ellos mismos o a sus parientes cercanos en la lista de aspirantes al trono. De fallecer el joven Sebastián el trono pasaría al duque de Braganza.
Al parecer el plan de la princesa de Éboli era casar a una de sus hijas con el primogénito del duque de Braganza para que una vez muerto éste, su hija ascendiera al trono con su esposo portugués como reyes de aquel país. De esta forma, la princesa de Éboli se convertiría en Reina Madre.
Finalmente los planes no tuvieron éxito y la corona portuguesa pasó en 1580 a manos de Felipe II después de la muerte de Sebastián en 1578 en la batalla de Alcazarquivir en Marruecos. Su desaparición en la batalla dio pie al nacimiento de una leyenda que afirmaba que realmente no había muerto allí sino que lo hizo tiempo después. Este tipo de mitos, muy conocidos en la actualidad en relación a personajes muy populares como Hitler o Elvis Presley reciben precisamente el nombre de "sebastianismo".

El descaro de la Princesa
También cabe la posibilidad de que el rey se hartara de la lengua y los caprichos de la Princesa, de su falta de mano para gobernar su hacienda y que todo no fuera más que una suma de despropósitos que acabaron con los huesos de doña Ana entre rejas. Sabemos que el rey tenía mucho aprecio por los hijos de los príncipes de Éboli. S eha llegado a decir que el miedo que sintió el monarca por que los pequeños perdieran la fortuna de sus padres debido al continuo despilfarro de la Princesa fue la causa del encierro.
También conocemos la mala lengua que gastaba doña Ana y la falta de protocolo con que se dirigía a su íntimo, Felipe, con quien a su vez siempre le unió una grandísima amistad (no olvidemos que entre ellos, como grande de España que era doña Ana, siempre se llamaban "primos"). Incluso una vez en prisión, las contadas cartas del Rey se mostraban en un tono conciliador.
A pesar de ello, insisto, ni todas las traiciones y descaros del mundo justificarían la crueldad del rey con la Princesa.


ESTUDIO GRAFOLÓGICO DE LA PRINCESA
Clara Tahoces
(www.claratahoces.com), grafóloga

"Como veo pasar tanto tiempo sin tomar Vuestra Majestad resolución en lo que toca a mis hijos y a la casa de su padre y crecer cada día en ella... ". Comienzo de un memorial autógrafo de la Princesa dirigido al rey en una carta fechada hacia 1580.

Se trata de una escritura grande que nos habla de una persona comunicativa, expansiva y abierta.

Llaman poderosamente la atención los "pasillos" que se observan a lo largo de todo el escrito. Éstos son rasgos fuertes de angustia, al menos, en el momento de realizar el escrito.

Era la mente de una persona muy inteligente, pero confusa. Esto se aprecia en los frecuentes roces entre líneas.

La escritura indica que tenía bien desarrollado el plano de las ideas, pero existe una fuerte confusión a la hora de afrontar los problemas.

Los óvalos están bien hechos: en general indica que sabía relacionarse de forma adecuada con los demás.

Los pies de la escritura hablan de una posible problemática sensual y sexual.

Su letra sencilla para la época y bien realizada nos habla de una persona sencilla a pesar de su condición social.

El mundo de las ideas y el intelecto está en equilibrio con el prosaico. Es decir, los "pies" de la escritura son muy largos: le gustaba vivir bien, pero también hay un desarrollo del intelecto.

"Humilde criada y echura de Vuestra Majestad, la princesa de Éboli"
Memorial autógrafo de la pirncesa al rey en una carta fechada hacia 1580.


Era una persona de gran energía, que aunque tenía cierta tendencia al desaliento (al menos en el momento del escrito), sabía cómo sobreponerse a las situaciones negativas. El escrito refleja que atravesaba un período de gran angustia.

Tiene uniones en las barras de las "tes": mente lógica. Otras de sus barras de las "tes" miran a la derecha: era persona progresista.

En la rúbrica existe un claro predominio del "yo", aunque era muy observadora y sabía captar el ambiente que le rodeaba.

Clara Tahoces, marzo 2003.


CARTA ASTRAL DE LA PRINCESA

por Julio Antonio López, astrólogo

 

Fecha de nacimiento
Llamada Ana de Mendoza y La Cerda. Dice su biografía que fue bautizada el 29 de junio de 1540 en la localidad de Cifuentes, y por tanto su nacimiento debió producirse unos dos o tres días antes, quizás el 26 o 27 de junio.
Pues bien, desde el punto de vista de la astrología esta fecha tampoco resulta correcta para su nacimiento, ya que a los nacimientos de este periodo es necesario sumarles diez días más, puesto que el actual calendario gregoriano no entró en vigor hasta octubre de 1582. Por tanto, su fecha real de nacimiento, desde el punto de vista astrológico y vista a los ojos de la actualidad, y por tanto la que nosotros tenemos que tomar para realizar este estudio, sería el 6 o7 de julio de 1540.
Como podemos ver, nos encontramos con insuperables dificultades para poder realizar un estudio verdaderamente serio, riguroso y detallado de esta carta astral, ya que en este caso no sólo no conocemos la hora de su nacimiento, sino que incluso ni siquiera tenemos totalmente claro el día exacto en que nació. Sin embargo lo intentaremos.
Para ello levantaremos la carta astral para el día 7 de julio de 1540 en el momento de la salida del Sol. En los casos en que la hora es desconocida generalmente suele levantarse un horóscopo solar, tomando al Sol como ascendente, y así es como lo hemos hecho.

Rasgos fundamentales de su carta astral
Nos hallamos ante una nativa del lunático signo de Cáncer, que ya de por sí es uno de los que favorece una vida interior más rica, profunda, compleja y complicada del Zodíaco, y que puede ser especialmente negativo cuando las energías emocionales de la persona están mal e inadecuadamente canalizadas, como sin duda ocurriría en este caso.
Efectivamente, la princesa de Éboli nació bajo las influencias de una carta astrológica francamente tensa y afligida, y para este caso lo mismo daría si nació el día 6 o el día 7. En efecto, Ana de Mendoza tuvo la desgracia de venir al mundo bajo las influencias de un mapa celeste singularmente tenso, marcado por severas y graves aflicciones.
El Sol está en Cáncer, pero forma duras y tensas cuadraturas con los dos planetas maléficos: Marte y Saturno, también con Neptuno y los Nodos de la Luna, y posiblemente también con la misma Luna si nació efectivamente hacía el día 7.
Por otro lado los astros maléficos Marte y Saturno forman una estrecha conjunción entre sí, potenciándose la negatividad, y ambos también lo hacen con el Nodo Sur; y finalmente todos ellos forman una oposición con Neptuno.
Cualquiera que conozca algo de astrología sabe que se trata de posiciones planetarias verdaderamente duras y malas, que no solamente confirman que resulta totalmente lógico que la Princesa viviese una existencia muy desafortunada, tal como la historia nos ha confirmado, sino que también sugerirían que fue una mujer que sufrió muchísimo interiormente, así como también en su vida sentimental.
Sin embargo, el reverso de esta situación, es decir el hecho de que llegase a lo más alto mientras fue la esposa de Ruy Gómez, quizás podríamos encajarlo en la ubicación de los benéficos Venus y Júpiter, así como también de Urano en el regio signo de Leo, lo que es indudablemente una constelación altamente benéfica y afortunada, aunque al mismo tiempo también aislada en medio de una carta astral que contenía durísimas y graves aflicciones cósmicas, y hablaría de una persona que tuvo una existencia de grandes sufrimientos y aflicciones, pero también al mismo tiempo en un periodo de su vida fue muy afortunada o llegó muy lejos.

El signo de Cáncer
Para poder acercarnos un poco más al fondo más íntimo o auténtico de esta mujer tan especial y singular de la época de Felipe II vamos a estudiar su signo solar: El lunático Cáncer.
La astrología nos describe a Cáncer mediante la simbólica figura de un cangrejo o un escarabajo, ambos tienen en común el ser animales acorazados, se encuentran protegidos y defendidos por una dura coraza, de lo que resulta que exteriormente son duros y hasta incluso atemorizan, pero por dentro son blandos y vulnerables, siendo esa su auténtica realidad espiritual y humana.
En realidad no sólo no estamos ante una personalidad fuerte o dura sino que seguramente éste es el signo más sensible y vulnerable de los doce, que se encuentra bajo la regencia de la Luna, el astro femenino por excelencia, reina de la noche y del mundo de los sueños.
La clara conciencia de su debilidad y vulnerabilidad lleva a los nativos de Cáncer a protegerse del exterior de muchas formas, o lo que es lo mismo, con muchos tipos de corazas. La primera de ellas y la más importante es la tendencia a refugiarse en el hogar y la familia. Son los seres más hogareños e intimistas del zodiaco, introvertidos y poco amigos de la vida mundana. En su hogar viven su vida solos o entre sus seres queridos, pero al mismo tiempo también se protegen y defienden de un mundo exterior incierto y peligroso, como si de una fortaleza amurallada se tratara.
Pero también hay otros tipos de corazas más relacionadas con la propia persona. Estos seres tan emocionales, soñadores y sensibles suelen mostrarse exteriormente más bien fríos y distantes, cerrados o introvertidos, e incluso en ocasiones secos y cortantes. A pesar de ser tan fantasiosos y soñadores pueden mostrar al exterior una personalidad aparentemente muy pragmática y realista, para así esconder ante los demás su auténtica naturaleza. Podríamos reconocer algunos casos de este tipo, como el primer ministro francés Mazarino, en el siglo XVII, o en el líder soviético Andreí Gromyko en el siglo XX, o más en la actualidad el presidente norteamericano George Bush.
Finalmente, otro tipo de coraza que también suele ser muy habitual en los cancerianos es cultivar una apariencia exterior impresionante o intimidante, una fuerte musculatura y una personalidad agresiva y atemorizadora. Podemos reconocer esto en los actores Yul Brinner, Tom Cruise o Sylvester Stallone o del campeón de boxeo Mike Tysson En la historia podemos también reconocerlo en el líder de la independencia italiana Giusseppe Garibaldi o en el mismísimo Julio César.
Pero no hay que engañarse, detrás de esas corazas se encuentran personas altamente sensibles y en muchos aspectos débiles. Cáncer es un signo especialmente difícil para un hombre, aunque más apropiado para una mujer, ya que las características del mismo, así como sus principales valores y defectos, son fundamentalmente femeninos. Nos hallamos ante personas dominadas por el mundo de los sentimientos.
Cuando este torrente emocional se encuentra bien canalizado entonces se podrá esperar lo mejor de la persona, ya que le proporcionará una enorme fuerza y motivación para realizar grandes cosas y vivir una existencia fecunda y plena de sentido. Éste sería el caso de Julio César, san Juan de la Cruz, Pedro Pablo Rubens o el mismo Mazarino, que se encuentran entre los mejores nativos de Cáncer. Sin embargo, cuando ese universo de emociones, sentimientos e impulsos instintivos se encuentra mal canalizado nos mostrará el lado peor del signo, ése que suele conocerse como “temperamento lunático”, caracterizado por fuertes y constantes altibajos en el carácter y el temperamento, personas neuróticas y obsesivas, totalmente dominadas por sus humores momentáneos. Tristes ejemplos de esto tenemos en el rey inglés Enrique VIII o en la malograda princesa Diana de Gales.
Pues bien, Ana de Mendoza fue sin duda una canceriana mal canalizada, fruto de un horóscopo natal sumamente afligido y negativo. Sin duda fue una mujer que sufrió muchísimo, incluso es probable que sufriera mucho más interiormente de lo que se vio por fuera.
Debido a la influencia dominante de su signo Cáncer, tan afín a todo lo relacionado con la familia, debieron ser para ella terriblemente traumáticas las desavenencias y peleas entre sus padres, así como su separación final. Sin duda tuvo una influencia infeliz o traumática que debió influir de manera decisiva en los desatinos de su edad adulta, y al mismo tiempo quizás en esos desatinos tuvo mucho que ver una alocada búsqueda de afecto y cariño, o de otras cosas que lo sustituyesen.
En su horóscopo natal podemos observar que el Sol forma una durísima cuadratura con los dos planetas considerados como más maléficos, Marte y Saturno, eso nos hace una idea de las terribles pruebas que le tocó vivir, y sobre todo del profundo sufrimiento íntimo que le causaron. Ese mismo Sol también forma otra cuadratura disonante con Neptuno, que al mismo tiempo recibe oposiciones de los anteriormente citados Marte y Saturno. Neptuno es el planeta de las ilusiones y los sueños, y en este caso indica que esas ilusiones y sueños, que en un principio fueron enormemente grandes y profundos, se transformaron luego después en atroces y amargos desengaños.
Efectivamente, un Neptuno poderoso pero afligido es una de las influencias mas temidas y dolorosas, ya que atrae a la vida del nativo numerosas e importantes traiciones, jarros de agua fría y desengaños. Sin duda Ana de Mendoza se confió y entregó precisamente a las personas que más daño le podían hacer. Esa mujer emotiva e hipersensible, que de niña o adolescente debió albergar en su alma grandes y maravillosos sueños, ideales e ilusiones, vio luego después cómo todos ellos se hacían añicos y se transformaban en terribles desengaños o traiciones. De este modo, las personas que más amó, o en las que más confió, eran luego las que le “apuñalaban” por la espalda y las que le llevaron a su ruina final.
Por otro lado, una cuadratura disonante del Sol con Marte y Saturno es signo seguro de una vida rica en siniestros, desgracias, reverses y fracasos en el ámbito material y social. Vivencias tales como la viudez, el encarcelamiento o las desgracias familiares son totalmente lógicas, coherentes y previsibles con esa posición astral, en realidad lo anormal hubiera sido lo contrario.
Además, en el caso de la princesa de Éboli no sólo es una tendencia que aparece clara en su carta astral sino que se trata de algo totalmente “kármico” y de destino. Efectivamente, eso es lo que indica la conjunción de los maléficos Marte y Saturno con el Nodo Sur de la Luna. Precisamente los Nodos lunares están considerados como una posición astrológica que tiene muchísima relación con la reencarnación, el karma y las vidas anteriores, y por tanto la desgraciada vida de esta Princesa no sólo está plenamente justificada en su carta astral, a causa de esa terrible conjunción Marte-Saturno disonante con su Sol natal y con Neptuno, sino que además era algo “que tenía que ocurrir”, algo a lo que venía predestinada y que poco o nada hubiese podido hacer para cambiarlo.
En definitiva, nos hallamos ante una nativa de Cáncer, pero con un Sol fuerte y gravemente afligido, casi garantizando que esta persona mostró el lado más oscuro o negativo de su personalidad astrológica. Una persona que se vio sometida a terribles sufrimientos, tanto físicos como emocionales, tanto en su vida mundana como íntima.
Además, otro de los significados o interpretaciones que se pueden extraer de las durísimas posiciones planetarias de su nacimiento, es que la princesa de Éboli fue, probablemente, una “mala” persona, o quizás una persona llena de sensibilidad y ansias de afecto para con ella misma, pero un ser terrible para con sus semejantes. No podemos afirmar esto con total seguridad, pero realmente es bastante probable. Y es que también se ha demostrado que existe un paralelismo entre la calidad ética y humana de un nativo y sus posiciones planetarias. Así, cuando el Sol natal de una persona está armoniosamente situado y forma buenos aspectos con planetas benéficos, entonces estaremos ante una persona buena y generosa. Pero cuando sucede un caso como el que estamos viendo, con un Sol muy afligido y formando graves disonancias con los planetas más duros, entonces la experiencia demuestra que suele dar personas malas o peligrosas, caracteres sumamente fuertes y duros, destructivos o autodestructivos.
Por tanto, de todo esto se puede deducir, aunque no afirmar de forma tajante, que una gran cantidad de males que la historia atribuye a este personaje, y por los cuales terminarla dando con sus huesos en la cárcel, pudieron ser realmente ciertos. Probablemente pudo dejarse arrastrar por personas que la aconsejaron mal, pero también por terribles ambiciones y delirios de grandeza. Es probable que interiormente le dominaran violentos instintos, e incluso en muchas ocasiones sentimientos negativos de odio, celos o venganza. Todo esto es perfectamente posible según su carta astral, en donde puede verse claramente un Sol afligido por los dos planetas de peor fama: Marte y Saturno. Todas estas cosas la equipararían a una especie de “mujer fatal”, pero según sus graves aflicciones planetarias. Eso es verdaderamente lo que fue.

Vida sentimental
Una persona con aflicciones planetarias tan graves en su nacimiento, como es el caso de la princesa de Éboli, es prácticamente imposible que haya sido feliz. Quizás pudo serlo durante un tiempo, pero seguido de un terrible desengaño o batacazo final.
Por desgracia, el Sol tan terriblemente afligido en el nacimiento de Ana de Mendoza tiene una significación tan negativa o dramática que su radio de acción puede extenderse a todos los campos de su vida. Y es que en astrología el Sol es el astro más importante, es el dador de vida. Cuando aparece gravemente afligido su influencia negativa se extiende de manera general a todos los ámbitos de la vida de la persona, aunque alguno de ellos parezca en apariencia más perjudicado que los otros.
Sin embargo, ya hemos visto anteriormente que estamos ante una persona un poco ambivalente según los astros. Aunque está bien claro que las graves aflicciones solares son las que predominan y marcan las tendencias principales, sin embargo, también existen otras posiciones astrales teoricamente mucho más favorables, como la posición en Leo de los benéficos Venus y Júpiter. Eso explicaría también porque esta mujer tuvo una época de su vida mucho más afortunada, o al menos eso parece, mientras estuvo casada con el Príncipe de Eboli, primer ministro de Felipe II.
Concretamente, la posición de Venus en Leo pudo atraer a su vida el amor, o en su caso la amistad sincera, de personas muy brillantes o importantes, desde el mismo Ruy Gómez, que fue su marido, hasta el propio Rey Felipe 11 o su hermanastro, don Juan de Austria, o el famoso Antonio Pérez. Esa posición de Venus en Leo explicarla, en parte, la época tan triunfal y brillante de Ana de Mendoza en sus años juveniles. Confirmaría también que pudo ser una mujer muy atractiva o magnética para el sexo opuesto, y seducir a las principales figuras de la política española de entonces, o por lo menos influir en ellas.
Pero aunque hubiera tenido el amor de todos ellos juntos podemos afirmar, casi de manera rotunda, que no fue una mujer feliz, no se sintió afortunada en el amor, no tuvo la posibilidad de vivir la vida que deseaba, o incluso no fue correspondida por la persona que verdaderamente amaba.
Es muy probable que la relación con su marido no fuera un ejemplo de matrimonio feliz. Sin duda fue una unión de conveniencia, aunque gracias a ella tuvo la posibilidad de vivir su mejor momento. Además, entre ellos había una considerable diferencia de edad, de manera que cuando se casaron, en 1553, ella era aún una niña y él un hombre maduro, y cuando el príncipe de Éboli murió, en 1573, tenía 57 años, mientras que ella tenía solo 33. Teniendo en cuenta el período histórico en el que sucedió esto, el siglo XVI, un hombre en la cincuentena debía ser casi un “anciano”. Además él era el primer ministro de Felipe II, y por tanto debió ser un hombre frío, calculador, reservado, sensato y controlado, mientras que ella era una mujer apasionada, emocional e inestable, como demostró claramente en su viudez. Todo ello nos hace sospechar que no debió ser un matrimonio demasiado feliz.
Por lo demás, su unión con Antonio Pérez, si nos atenemos a las consecuencias, fue un verdadero desastre y la futura causa de su ruina. Lo más probable es que él la utilizara, o que se utilizaran mutuamente para sus fines. Pero en caso de que no fuese así ella debió sentirse profundamente traicionada, o ver cómo sus sentimientos le llevaban a la desgracia.
Respecto a sus posible amor o amistad con el Rey Felipe II tuvo que ser dolorosísimo para ella ver cómo alguien a quien había amado o estimado la llevaba a la cárcel sin ninguna clase de misericordia y además iba endureciendo su prisión cada vez más.
En lo que respecta a don Juan de Austria, éste era uno de los hombres más deseados y atractivos de su tiempo. Si tuvo algún tipo de relación con la de Éboli sin duda debió ser una aventura. Por ello, en el caso de que ella sintiese algún amor por este hombre tan heroico y atractivo, está claro que no fue correspondido, con lo cual tenemos aquí otro motivo de sufrimiento.
De todos modos, todo esto son conjeturas pero lo que si aparece bien claro en su carta astral es que estamos ante una mujer potencialmente muy desgraciada e ínfeliL Todo lo que incialmente le causó esperanza e ilusión le trajo posteriormente lágrimas. Y no cabe duda de que los últimos años de su vida debieron ser verdaderamente terribles, encarcelada en Pastrana y con todos sus grandes sueños e ilusiones convertidos en ceniza. No sería exagerado afirmar que la muerte debió ser para ella una liberación del dolor y sufrimiento, incluso es muy probable que la deseara ardientemente.

Intelecto
La posición de Mercurio en Géminis indica que Ana de Mendoza fue, en realidad, una mujer muy inteligente, hábil y astuta; es muy probable que su inteligencia fuera superior a la normal. Su gran problema es que en casi todas las ocasiones no pensaba con la cabeza sino con el corazón. Y es que ante todo nos hallamos ante una persona muy emocional y también muy impulsiva, dominada por violentos instintos y también por un inconsciente muy poderoso. En ella el corazón imperaba claramente sobre la cabeza, y eso le llevó a cometer muchos e importantes errores. Pero en realidad era una mujer muy inteligente y perfectamente consciente de la realidad.
También tenía un lado muy intuitivo, debido a la fuerte posición de Neptuno. Pero ese lado intuitivo debió ser, precisamente, el que la llevó al desastre, puesto que Neptuno se encuentra muy afligido en su nacimiento. Probablemente sus sueños y corazonadas, aunque en algunos aspectos fueran acertadas, finalmente le llevaron a meterse en la boca del lobo y buscarse su propia desgracia.
Sin duda tenía excelentes aptitudes intelectuales, pero en realidad le sirvieron de muy poco para su ajetreada vida, porque era el corazón y no la cabeza el que tenía el timón de la misma. En realidad casi pudieron servirle más para ver con gran lucidez cómo se aproximaba su propia desgracia.

Voluntad
También Ana de Mendoza fue una mujer activa y voluntariosa, el problema es que canalizaba francamente mal sus energías, y en ese sentido resultaban mucho más destructivas que constructivas. Aquí podemos encontrar otro de los mayores problemas de su carta astral.
Un claro ejemplo de esto es la nefasta conjunción entre Marte y Saturno, que resulta mucho más nefasta aun porque forma un aspecto disonante con el Sol y también porque forma conjunción con el Nodo Sur de la Luna. Pues bien, la astrología nos enseña que el Sol y Marte son los astros relacionados con la voluntad, la energía vital y la actividad, pero al encontrarse en una posición tan francamente disonante estas energías actúan de un modo mucho más destructivo o tienden a paralizarse y bloquearse.
Así mismo, un Sol seriamente afligido por planetas maléficos puede indicar que la persona tiene una “mala voluntad”, cosa que ocurre muy a menudo, o que sus propios actos e iniciativas le llevan a la destrucción.
Sol y Marte muy afligidos también señalan que el nativo tiene enemigos, ya secretos o declarados, que se oponen frontalmente a su voluntad o incluso luchan activamente contra ella. Por tanto es indicativo de un destino muy adverso, en el que la persona puede conocer el fracaso o la fatalidad.
Incluso si nos atenemos al simbolismo astrológico hasta incluso podríamos afinar que fue muy positivo que la Princesa de Éboli no naciera hombre, ya que las peores configuraciones de su carta astral son, precisamente, las que se relacionan con el Sol y Marte, es decir, los planetas masculinos. Por tanto, podríamos deducir de ello que si hubiera nacido hombre es muy probable que su destino hubiera sido mucho peor o más violento. Pero por otro lado también podemos deducir que fueron los hombres, como ya sabemos, los que la llevaron a su ruina y a su dramático final.
Sin embargo, merece la pena comentar la posición de Plutón en su carta astral, formando muy buenos aspectos con una gran cantidad de planetas. Esto indica que la princesa era una mujer poseedora de una enorme energía, resistencia y capacidad de regeneración interior. A pesar de su carácter soñador, sensible e inestable, también era una persona capaz de crecerse en los momentos más difíciles y resurgir de sus cenizas como el Ave Fénix. En las situaciones más críticas daba lo mejor de sí misma. Probablemente, a lo largo de su durísima vida tuvo oportunidad de descubrir que era una mujer mucho más fuerte y dura de lo que ella misma se creía. También es muy probable que soportara su terrible sufrimiento final, encerrada en su prisión, mucho más airosamente de lo que ella misma creería ser capaz.
El buen aspecto que Plutón forma con Marte y Saturno indica que probablemente en el final de su vida supo aprender de su errores y darse cuenta de lo mal que enfocó su vida, incluso es probable que en esos años postreros llegase a alcanzar una gran evolución o madurez espiritual y humana. Seguramente en sus últimos años fue capaz de entender su dolor y sufrimiento.

Espiritualidad
Con este análisis vamos a finalizar este breve acercamiento a la figura de la Princesa tuerta.
Aunque sabemos que una vez viuda intentó nieterse a la vida religiosa, en realidad nos hallamos ante una persona que ha nacido bajo un horóscopo notablemente afligido, y eso también tiene sus consecuencias hasta incluso en el plano espiritual.
Júpiter y Neptuno son los planetas más vinculados con los asuntos espirituales. Y en cuanto a Neptuno ya hemos visto anteriormente que se encontraba muy afligido en su nacimiento, por ello lo más probable es que sus ideas y sentimientos espirituales fueran bastante erróneos, imperfectos o irracionales, obedeciendo a impulsos del instinto o del corazón, o a intuiciones disparatadas.
Por otro lado Júpiter se encontraba en Leo. Eso indica que nos bailamos ante una persona con notables delirios de grandeza, tanto en el ámbito mundano como en el espiritual. Seguramente por eso se enfrentó con santa Teresa y la ninguneó. Probablemente se creía una santa, mucho mejor y más espiritual que todos los que la rodeaban.
Aparte de todo esto, las profundas y numerosas disonancias de su carta astral tuvieron que dificultar gravemente que la princesa pudiera alcanzar una verdadera espiritualidad, o simplemente un estado de serenidad y paz interior.
Tal vez fue al final de su vida, ya con sus ilusiones convertidas en ceniza y la lección de sus fracasos bien aprendida, cuando pudo aproximarse a un estado de auténtica espiritualidad y conseguir una verdadera evolución como ser humano, pero en ningún caso en sus años juveniles o en la época en que quiso entrar en un convento.

 


LA PRINCESA TUERTA


Si Ana de Mendoza era tuerta, bizca o ninguna de las dos cosas sino todo lo contrario, es uno de los misterios más enrevesados que aún quedan por resolver de la vida de esta fascinante mujer de la corte de Felipe II.
Todos los historiadores están de acuerdo en expresar la extrañeza de que un defecto físico tan evidente pase totalmente desapercibido a los ojos de los cronistas de la época. Gregorio Marañón llama la atención incluso de que en el Diario de la corte que enviaba una de las damas de Isabel de Valois a la reina francesa Catalina de Medicis, no aparece una sola mención al defecto de la Princesa. A sabiendas de la excelente relación entre Ana y la joven esposa del monarca español, cuya camaradería iba desde los juegos infantiles hasta seguramente los primeros flirteos, es insólito no descubrir referencia alguna.
Por todo ello, no es extraño que haya incluso investigadores que han dudado de su tuertez. Pero como señaló Marañón "¡ay!, la Princesa era, sí, tuerta y hay que dejarla seguir su destino histórico con el parche sobre el ojo enfermo."
Y es que, aunque escuetos, sí existen unos pocos testimonios que hablan del defecto de doña Ana en su ojo derecho.
Quizás es Ana de Mendoza a quien se alude en una carta de don Juan de Austria a su colega de correrías Rodrigo de Mendoza, hermano segundo del entonces duque del Infantado, fechada el 5 de noviembre de 1576. En ella le pide que trasmita: "a mi tuerta beso las manos y no digo los ojos hasta que yo la escriba a ella a que se acuerde de éste su amigo,..." La amistad entre la Princesa y don Juan es clara. Precisamente fue ella quien presentó al hermanastro del Rey a María de Mendoza, mujer que sí se convertiría en la amante de don Juan.
Si es difícil encontrar testimonios de una tuerta en la corte de Felipe II, dos es ya bastante improbable. Por ello, todo parece indicar que las líneas de don Juan van encaminadas a la princesa de Éboli.
Poco antes de su cautiverio aparece el apodo de "animal imperfecto" en algunas de las cartas, lo que puede estar haciendo referencia a su defecto en el ojo.
Pero la prueba definitiva viene de la mano del prior don Hernando de Toledo, hijo del duque de Alba, quien en una carta al secretario de su padre, Juan de Albornoz comentaba: "Anoche, a la una, estaban unas damas en una ventana tratando de qué traería el ojo la princesa de Éboli: la una decía que de bayeta; otra que, de verano, lo traería de anascote que era más fresco".
Otra prueba de peso la aporta Antonio Pérez en una de las cartas que escribió en el exilio al conde de Essex y que hoy se conserva en Londres. En ella, escrita en latín, lengua con la que se escribía con los diplomáticos ingleses, Antonio Pérez habla de la princesa doña Ana como un "cyclops" (Public Record Office -London-, State Papers, 78/38/166), es decir, un cíclope; detalle que nos hace pensar que efectivamente la princesa de Éboli contaba con algún defecto en uno de sus ojos. Gregorio Marañón no habló de estos documentos porque nunca los consultó. Debemos su estudio al hispanista Gustav Ungerer quien en 1980 los sacó a la luz.
No obstante, choca descubrir que en la Relación del viaje a España de Madame D'Aulnoy (1691), esta escritora francesa no menciona tan evidente defecto al hablar de la belleza de la Princesa cuando contempla sus retratos que por entonces estaban en casa del biznieto de doña Ana, don Rodrigo de Silva y Mendoza, en su palacio madrileño de Buitrago.
De 1602, diez años después de morir la Princesa, conservamos manuscritos de la casa de Guzmán en donde se habla de Ana de Silva y Mendoza, la hija mayor de la Princesa, casada con el duque de Medina-Sidonia, como "hija del ilustrísimo Señor Ruy Gómez de Silva, duque de Pastrana y príncipe de Éboli, y de su ilustrísima mujer" a lo que el amanuense añade al margen del texto "la tuerta".
A esto hay que añadir, además, las pinturas que su hijo fray Pedro González de Mendoza mandó realizar para el convento del Carmen de Pastrana en los que aparece la Princesa con el parche sobre su ojo derecho. No tiene ningún sentido que su propio hijo la representara de esta forma si no fuera porque, efectivamente era tuerta.
Por rizar el rizo, una vez admitido y demostrado que contaba con un defecto en el ojo derecho, ahora hay que preguntarse ¿qué defecto era? ¿Era realmente tuerta, bizca o simplemente tenía el ojo blanco y por coquetería se lo cubría con un parche?
El padre J. M. Marcha en un artículo titulado "La princesa de Éboli no era tuerta" publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones (1944, LII, 55) señala que el parche lo lucía por simple coquetería y que no era en absoluto tuerta. Que si nos fijamos en el retrato de la casa del Infantado podremos ver que a través del parche es posible discernir la presencia del ojo en perfecto estado y mirando en la misma dirección que el izquierdo.
Después de un análisis del mismo cuadro, Gregorio Marañón llega a la conclusión de que se trata de una nube externa o leucoma. El origen de este defecto pudo estar bien en un traumatismo, coincidiendo así con la leyenda que habla del combate con un florete, o debido a una infección (una queratitis —inflamación del tejido corneal— escrofulosa o sifilítica) lo que provocaba cierto estrabismo, llevando el ojo derecho hacia la izquierda. Según Marañón, esto explicaría la mirada forzada hacia el exterior del ojo sano, el izquierdo, en relación a la posición de la cabeza.
Realmente son todo especulaciones. Lo mismo sucede con el intento de conocer cuál fue la causa de este ojo blanco y, sobre todo, cuándo se produjo.
La presentación de doña Ana en 1553 como novia de Ruy Gómez de Silva, según podemos leer en la carta de Juan de Sásamo al secretario del Emperador, y que hemos comentado más arriba, no hace alusión alguna al defecto. Muy posiblemente éste se produjera durante su estancia en Valladolid, bien en la propia ciudad o bien en la cercana Simancas. Otra de las hipótesis supuestamente documentadas, es que sufrió una caída desde un caballo que le dañó el ojo derecho. Al haber tanta distancia en el tiempo entre la no mención del defecto y sus primeras referencias, resulta absurdo y quimérico ponerse aquí a establecer posibles causas y momentos.




ILEGITIMIDAD DE RODRIGO DE SILVA Y MENDOZA


Hay que reconcoer que la vida de la Pricesa lo tiene absolutamente todo. Se trata de una mujer con poder, ambición, fue intrigante, con un físico extravagante y bella al mismo tiempo, madre de diez hijos y con un protagonismo en la corte de Felipe II sin igual. Su confraternización con Isabel de Valois, segunda esposa del Rey, de la que llegó a convertirse en verdadera amiga íntima, acompañándola en cada una de las salidas que la joven reina hacía por Madrid y Toledo, vino a sumar puntos a su favor a una relación con el monarca ya de por sí excelente. El ser esposa de Ruy Gómez de Silva, mano derecha del Rey hasta el fallecimiento del secretatrio en 1573, le abrió las puertas de la corte de una forma extraordinaria.
Ahora bien, hasta dónde se le abrieron las puertas de la corte y si éstas llegaban, incluso, hasta la alcoba del monarca, es algo que solamente podemos especular.

Siempre se ha insinuado, quizás más por el morbo que conlleva que por las pruebas históricas que de ello se pueden colegir, que Rodrigo —el hijo primogénito de los príncipes de Éboli a la muerte de su hermano mayor Diego—, nacido en 1562 y que a la postre heredaría el ducado de Pastrana a la muerte de su padre, era hijo natural de Felipe II.
Existe un manuscrito veneciano en la Biblioteca Nacional de París de 1584, y que menciona Gaspar Muro en su biografía de la Princesa, en el que se deja caer de una forma descarada la paternidad del rey del II Duque de Pastrana. La leyenda, porque seguramente en el fondo puede que no sea más que eso, se apoya también en un hecho llamativo, al menos a los ojos del pueblo. Rodrigo era rubio, igual que Felipe y al contrario que el resto de sus hermanos que, hasta donde sabemos, eran de cabello oscuro.
La labor del historiador es buscar el momento en el que se pudo dar el encuentro y si éste, finalmente, pudo existir.
En contra de la idea del hijo natural algunos investigadores han propuesto que es imposible que Ana de Mendoza tuviera relación alguna con el Rey al encontrarse de postparto y por lo tanto, de reposo y en casa. Es cierto que  en 1561 la Princesa acababa de dar a luz a su hija mayor, Ana de Silva y Mendoza. Sin embargo, no sabemos si en reposo, en su casa o no, lo cierto es que tuvo las fuerzas necesarias ya fuera con su esposo Ruy o con Felipe para "darse una alegría" y concebir a quien a la postre sería don Rodrigo, II duque de Pastrana.
El cronista de Guadalajara, Antonio Herrera Casado, señala siguiendo a Marañón que en aquella época Felipe estaba de luna de miel con Isabel de Valois de quien estaba enamorado. Ciertamente, una cosa no quita la otra. No vamos a descubrir nada nuevo si destapamos casos de personas muy enamoradas de su pareja y que, por circunstancias de la vida, tienen aventuras con terceros. Es más, en 1561 la reina Isabel apenas contaba con 14 años. Sabemos que su primera menstruación no le llegó hasta después de cumplir los 15, exactamente con 15 años y 4 meses. En 1561 Isabel de Valois sufrió de viruela por lo que ni su aspecto físico ni su condición física debían de estar para muchos juegos amorosos. Por lo tanto, no es de extrañar que Felipe se buscara los garbanzos fijándose en Ana de Mendoza o que incluso existiera una atracción común, cuando la Princesa tenía ya los 21 y era una mujer hecha de los pies a la cabeza. El contacto con el secretario Ruy Gómez, esposo de la Princesa, debía de hacer casi continuo el trato entre ambas familias. Si a esto añadimos que doña Ana se convirtió casi en una dama de compañía de la Reina, el trato debía de ser mucho más frecuente aún.
Los cronistas de la época hablan del gusto por las mujeres del monarca, algo que siempre ha caracterizado a los reyes de España. En aquella fecha de principios de la década de 1560, tenía como amante a Eufrasia de Guzmán, una dama de compañía de su hermana, la infanta Juana de Austria. Los embajadores de la época, como Paolo Tiépolo, hablan del gusto del Rey por la cacería, los torneos y, sobre todo, las mujeres.
Se da la circunstancia de que en esas fechas de 1561/1562 tanto doña Ana como Felipe se encontraban en la Corte (no olvidemos además que la Princesa no salió nunca de Castilla); Corte que comenzaba su mudanza para instalarse ese mismo año de 1561 en Madrid.
Poco después, en octubre de 1564, en un documento del propio Ruy Gómez, descubrimos que Felipe se había hecho a la idea de la fidelidad cuando leemos que los amores del monarca "casi han cesado, de modo que todo va tan bien que no se puede desear más". No sabemos en qué grado hay que medir ese "casi" dicho, todo hay que decirlo, quizá por uno más de los cornudos de la corte española de la época.
Solamente podemos aceptar que la leyenda puede tener su fundamento y convertirse en realidad histórica a partir de un documento inapelable que así lo demuestre; documento que no ha aparecido ni posiblemente aparecerá. Como es lógico, los reyes no iban dejando pruebas por escrito de sus aventuras amorosas con princesas. Por el contrario, si era su deseo admitir la existencia de hijos naturales se hacía con todas las de la ley tal y como pasó con don Juan de Austria, hijo de Carlos V y Bárbara Blomberg y, por lo tanto, hermanastro de Felipe II o un siglo después con don Juan José de Austria, hijo de Felipe IV y de la actriz madrileña llamada la Calderona. El apellido lo dice todo y, hasta donde sé, no me consta que exista ningún "Rodrigo de Austria". Ahora bien, si se diera el caso de que apareciera un documento que, al menos, presentara ciertas dudas al efecto, es decir, que inclinara la balanza a favor de la creencia de que Rodrigo era hijo natural del rey Felipe II, se puede hacer una cosa: no hay más que comparar el ADN de ambos cadáveres, el del II duque de Pastrana enterrado junto a sus padres en la colegiata de la villa alcarreña y los restos de Felipe II enterrados en El Escorial.

 

© Nacho Ares 2006