ANTONIO PÉREZ DEL HIERRO (1540-1611)

 

DATOS BIOGRÁFICOS

Entre los mayores enemigos de Felipe II se cuenta uno de sus secretarios más eficientes: Antonio Pérez, promotor de la Leyenda Negra que corre en torno al Rey Prudente. Pérez fue legitimado por Carlos I en 1542 como hijo de Gonzalo Pérez ya que el origen de su nacimiento queda bastante oscuro. Parece bastante probable que el mencionado Gonzalo Pérez, uno de los más prestigiosos secretarios de Carlos I y posteriormente de Felipe II, fuese el padre, siendo acusado por sus enemigos de engendrar a Antonio durante su etapa de clérigo, lo que don Gonzalo siempre negó. Esta circunstancia empaña el origen del futuro secretario. Tras la legitimación, el pequeño Antonio fue llevado a las tierras de Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, donde se crió hasta iniciar su formación cuando contaba los doce años. Esa formación se cuidó especialmente ya que estudió en las más prestigiosas universidades europeas: Alcalá, Salamanca, Lovaina y Padua. La cultura italiana le influyó considerablemente ya que pasó largo tiempo en el país transalpino. Su mentor, Éboli, le requirió para su traslado a la Corte donde inició su formación política de mano de su padre, quien en ese momento ocupaba el cargo de secretario del Consejo de Estado. Cuando murió Gonzalo, en abril de 1566, Antonio asumió los asuntos italianos. Felipe II exigió al joven Pérez que pusiera fin a su vida disoluta y se casara para firmar oficialmente su nombramiento. Esta faceta de crápula se mantendrá durante buena parte de la vida de Pérez, aludiéndose a sus continuos escarceos con la princesa de Éboli, doña Ana Mendoza. También se haría famoso por el disparatado tren de vida que acostumbraba llevar, pleno de lujo y ostentación, para lo que tuvo que recurrir a turbios asuntos cargados de corruptelas en los que se involucraba presuntamente a su amante. Lentamente Antonio obtenía la confianza de Felipe II, pasando a ser uno de los más destacados miembros del partido ebolista enfrentado con el otro grupo de poder en la corte, los partidarios del duque de Alba. Tal fue la confianza que don Antonio consiguió del Rey que colocó a un hombre de su entorno para controlar a don Juan de Austria. Juan de Escobedo resultó elegido pero pronto abandonó al secretario para apoyar las opiniones de don Juan, enviado como Gobernador General a los Países Bajos. El enfrentamiento con Escobedo provocará la rápida caída de Pérez ya que, con motivo de una visita oficial de Escobedo a Madrid enviado por don Juan para recabar mayores apoyos en su política flamenca, Pérez consideró peligroso al recién llegado, temeroso de que descubriera su doble juego. Por lo tanto, don Antonio convenció al rey de que Escobedo era el instigador de una posible traición de don Juan, por lo que se decidió su eliminación. Escobedo fue asesinado en las calles de Madrid el 31 de marzo de 1578. Este error político fue rápidamente aprovechado por los enemigos de Pérez que encendieron la sombra de la duda en Felipe. Se inició una investigación en la que se descubrió la culpabilidad del secretario. Felipe relevaba a Pérez por el anciano Granvela y Antonio era detenido y encarcelado el 28 de julio de 1579. La causa por la que Pérez era enjuiciado se limitaba a asuntos de corrupción, sin profundizar en el asesinato. El Proceso Criminal contra él se prolongó en el tiempo y Pérez fue condenado a dos años de cárcel y diez de destierro pero, simultáneamente, se inició el proceso por el asesinato de Escobedo que acabó con la acusación formal y la tortura del reo. Corría el mes de junio de 1589 y Pérez se vio perdido, por lo que empezó a pensar en la huida. El 19 de abril de 1590 llegaba a Aragón acogiéndose al derecho foral, valiéndose de su condición de hijo de aragonés. El rey no podía enjuiciar en Aragón a un reo que hubiera cometido su crimen en Castilla por lo que empleó el único tribunal que tenía competencias en todo el territorio peninsular: la Santa Inquisición. Pérez fue acusado de herejía y se intentó trasladar a la cárcel inquisitorial, lo que provocó una revuelta en Zaragoza, al ver el joven Justicia de Aragón Juan de Lanuza como los fueros aragoneses no eran respetados. Pérez consiguió huir a Francia, pasando antes por Inglaterra, y Felipe enviaba un ejército a Aragón que ponía fin a los disturbios y a la vida del Justicia. Una vez en territorio galo, Antonio Pérez recibió el apoyo de Enrique IV al poner en manos de éste atractivos proyectos desestabilizadores para España. El fracaso de los intentos de invasión francesa motivó el traslado de Pérez a Inglaterra donde también contó con importantes ayudas, ofreciendo interesante información que sirvió para el ataque inglés a Cádiz en 1596. La paz de Vervins (1598) supuso el final diplomático de Pérez, dedicándose a la escritura, publicando dos importantes obras que tuvieron un destacado efecto negativo en la figura de Felipe II: las Relaciones y las Cartas. Tras intentar obtener el perdón hispano en numerosas ocasiones, siempre con un resultado negativo, Pérez falleció en la más absoluta pobreza en París, el 7 de abril de 1611.

Fuente:
www.artehistoria.com
(C) 2001 Ediciones Dolmen, S.L. Todos los derechos reservados.


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¿RETRATOS DE ANTONIO PÉREZ?

Al igual que sucede con la princesa de Éboli y otros protagonistas de esta historia, no son muchos los retratos que se conservan de ellos. El que sirve de encabezamiento a este apartado se conserva en la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid) y aunque sea anónimo (otros se lo atribuyen a Antonio Ponz, pintor del XVIII), estamos seguros de que se trata de Antonio Pérez, ya que en la parte inferior del lienzo viene grabado el nombre del retratado "Antonius Perez".
Sin embargo uno de los "retratos" más conocidos de Pérez es, quizá, el que aparece sobre estas líneas en cualquiera de sus dos versiones, con capa y gorro negros, sujetando un anillo-sello que le cuelga de una cadena del cuello, en los dedos de la mano derecha.
El trabajo de la izquierda pertenece a Alonso Sánchez Coello, pintado en 1585 y que en la actualidad se conserva en una colección particular de Barcelona y el otro (arriba a la derecha), es una copia de aquél, conservado hoy en la Casa Ducal de Medinaceli (Toledo).
Pues bien, la historiadora del arte María Kusche propone en su Retratos y retratadores (Madrid 2003) que quien aparece en el cuadro no es Antonio Pérez ni Ruy Gómez, a quien también se le ha atribuido la pintura, sino Carlos Manuel, duque de Saboya, casado en 1585 con la hermosa Catalina Micaela, hija de Felipe II e Isabel de Valois.
La prueba más clara está en los dalones del bohemio que luce el personaje. En él podemos leer una "S" formando un nudo, el emblema de los Saboya. Además, en cada una de las tres franjas se pueden leer entrelazadas las letras del nombre SABOYA, tal y como queda perfectamente claro en el detalle que reproduzco bajo estas líneas.

Si a todo esto le sumamos el gran parecido entre este retrato y el anónimo que se conserva en El Escorial del propio Carlos Manuel, reconoceremos finalmente que no se trata de la figura de Antonio Pérez sino del duque de Saboya.

Idéntica polémica podríamos trasladar a la cantidad inmensa de retratos que se le atribuyen. No hay más que echar un vistazo a la obra de Gregorio Marañón para descubrir un buen puñado de ellos, a cada cual más dispar. De algo sí podemos estar seguros, al menos así lo proponen los más fiables. Tenía barba y se le suele representar con un gorro de terciopelo, fieltro o paño. Vaya usted a saber. Lo que es desternillante es, por ejemplo, el retrato que reproducimos junto a etas líneas y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid. Allí se puede leer que es de Antonio Pérez. Quizá en esta imagen se basaron los asesores de la película La princesa de Éboli (1955) en la que el papel de Pérez era protagonizado por el galán mexicano Gilbert Roland...

Fuentes:
María Kusche, Retratos y retratadores, Madrid 2003 (páginas 432-435).
Gregorio Marañón, Antonio Pérez, Madrid 1951.


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ANTONIO PÉREZ: EL ALQUIMISTA DEL REY, por Nacho Ares


La terrible persecución a lo considerado pagano y herético durante el reinado de Felipe II contrasta con la realidad social del momento, una realidad en la que además del propio monarca, muchos de sus allegados eran fieles seguidores de tradiciones mágicas, cabalísticas y alquimistas. Éste es el caso de Antonio Pérez, el secretario más importante del Rey Prudente cuya vida siempre navegó a contracorriente, haciendo ostensible muestra de estos conocimientos arcanos.
Antonio Pérez había nacido en Aragón en 1540, estando familiarizado desde muy joven con el mundo de la política y la corte. Hijo de Gonzalo Pérez, secretario de Carlos V, y promocionado por Ruy Gómez de Silva, gracias a su sólida formación en universidades como Alcalá, Salamanca, Lovaina y Papua, a la muerte de su padre él mismo pasó a ocupar los asuntos de Italia, convirtiéndose poco después en uno de los secretarios más poderosos de Felipe II. Pero el entuerto que siguió al suceso de Juan de Escobedo acabó con la confianza que siempre había puesto el monarca en él, terminando el lance con la huida de Pérez a Francia, país en el que falleció en 1611.
Existe un vínculo muy claro entre la trayectoria de su vida y el sello que a modo de símbolo y lacre personal, empleaba Pérez: un enigmático laberinto con un centauro en el centro. El centauro lleva un dedo sobre la boca y sobre él la divisa In Spe, "en espera".
Para Gregorio Marañón, autor de la mejor biografía escrita hasta la fecha de Antonio Pérez, el significado del sello del secretario es claro. El centauro es el propio Pérez en silencio, de ahí el dedo en la boca, y el hallarse en el interior de un laberinto refleja la complicada tesitura de secretos, noticias y demás negocios con que Pérez debía de afrontar a diario en su trabajo en el Alcázar.
La joya era un regalo de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli (1540-1592), amiga y para muchos amante del secretario. Curiosamente, después de todos los problemas acaecidos con la trifulca de la muerte de Escobedo, Pérez mantuvo los protagonistas del sello pero cambiando algunos elementos. De esta forma, el centauro ya no se llevaba la mano a la boca y el trazado del laberinto se había roto. Por su parte, la divisa ya no era el anterior In Spe sino que ahora se podía leer Usque ad huc, es decir, "hasta aquí". Con ello Antonio Pérez quería dejar de manifiesto su decisión de no seguir guardando los secretos que hasta ese momento había respetado con celo, revelándolos y salvaguardando así su seguridad en contra de los ataques de Felipe II.

El propio Pérez así reconocía el significado de los dos símbolos y explicaba el cambio de elementos: "La primera [divisa] para mostrar a mi príncipe que sobre tal golpe de agravio, sobre tal piedra de méritos y esperanzas, en medio de aquellas pasiones, metido en aquel laberinto de confusión de ánimo, tendría constante mi silencio y firme mi confianza in spe, en esperanza de él y de la fe de caballero que me había diversas veces empeñado. La segunda, para advertirle que, al fin, llegada la hora, faltando, dijo, lo que digo, se rompería el laberinto y silencio y que éste duraría sólo usque ad huc, hasta el punto del desengaño de la esperanza".
Tanto él como sus allegados solían portar este tipo de insignias con mensaje críptico. Gracias a la documentación de la Inquisición, sabemos que Jerónimo Martínez, a la sazón uno de sus secuaces en tierras aragonesas, fue detenido y acusado por el estamento eclesial al portar otra medalla "con símbolos y valor prodigioso".

Astrología en la corte de Felipe II
No vamos a descubrir nada nuevo si afirmamos que durante el reinado del Rey Prudente todo lo relacionado con la magia y la astrología corría de forma paralela al mayor de los recatos cristianos por los pasillos de la corte. Es muy posible que durante su estancia en Inglaterra, Felipe II tuviera contacto con John Dee, famoso astrólogo luego de la reina Isabel. Incluso hay quien afirma que el propio Felipe propuso a Dee venir a la corte española para asentarse en ella y desarrollar aquí sus artes en beneficio de los intereses del Imperio hispano.
El propio Pérez era una persona muy cercana al mundo de la astrología. Se sabe que no eran extrañas sus consultas al astrólogo Pedro de la Hera. Lo que no deja de ser curioso es que según señala García Mercadal en su monografía sobre la princesa de Éboli, el mismo Pedro de la Hera trabajó para los intereses de la familia de Escobedo con el fin de buscar por medio de los astros quién había sido el causante de la muerte del secretario de don Juan de Austria. Esta maniobra fue considerada por Pérez como una traición del astrólogo ya que, en vez de limitarse a "adivinar" por medio de los astros, lo que hizo Pedro de la Hera fue desvelar los secretos que le había desvelado el propio secretario.
La singularidad roza la paranoia cuando descubrimos que Mateo Vázquez, secretario de Felipe II y enemigo acérrimo de Antonio Pérez, cuya ayuda a la familia de Escobedo tuvo como resultado la persecución del antiguo secretario, también estaba familiarizado con las visitas a Pedro de la Hera. Y digo que son singulares toda vez que Vázquez era sacerdote y, supuestamente, enemigo de cualquier tipo de superchería que pusiera en duda las líneas básicas de la fe católica.
Pues bien, se dice que las bases de la acusación de la familia de Escobedo contra Antonio Pérez estaban construidas a partir del testimonio de De la Hera quien afirmó que a Escobedo lo había mandado matar un gran amigo suyo, que ese mismo amigo había estado en los funerales de su víctima y que todo se había hecho por una mujer.
Es cierto que el argumento es prácticamente idéntico al que corría por los mentideros de la villa madrileña en aquella época, aunque no deja de ser extraordinaria la fuerza que un argumento astrológico podía tener en una afrenta como ésta.

La farmacopea del alquimista
A lo largo de su vida siempre le persiguió la fama de crápula y afeminado, calificativos que derivaban de su gusto por los perfumes y el excesivo boato que rodeaba a todo lo que hacía. No en vano le llegaron a llamar el "pimpollo". La fama de sus dentífricos cruzó fronteras. Él mismo se vanagloriaba de que gracias a la eficacia de sus recetas, una extraña agua que acompañaba a las plumas que usaba para limpiarse los dientes, pudo conservar todas las piezas hasta una edad muy avanzada, algo realmente extraordinario para una época en la que a partir de los 30 muchos no podían lucir una dentadura completa y mucho menos sana. De ahí viene la creencia de que el palillo fuera introducido en nuestro vecino país gracias a Pérez.
Pero su destreza en la confección de recetas iba mucho más allá. Los conocimientos en venenos y especialmente en pócimas milagrosas, muchas de las cuáles eran diseñadas por él mismo, venían de la sabiduría adquirida en la alquimia. Si bien es cierto que no conocemos las fuentes de las que pudo nutrirse Pérez para acrecentar su interés por las ciencias y la magia, tampoco nos debe de extrañar su quehacer en una época en la que, a pesar de la Inquisición, todo el mundo pensaba que aunque la brujería era una superchería, "las brujas, haberlas hailas".
Como demuestra la documentación conservada, la especialidad del secretario eran las quintaesencias conseguidas con la piedra bezoar de los alquimistas. La piedra bezoar está compuesta de restos de alimentos, pelo y otros añadidos que se aglutinan en el interior del estómago de un animal. Desde principios de la Edad Media se le han atribuido propiedades curativas —su propio nombre viene del árabe badzehr, que significa antídoto—. Además, se decía que con esta piedra se evitaba toda suerte de maleficios, ojerizas y males de ojo. Su importancia fue tal que la reina Isabel I de Inglaterra (1533-1603) conservaba en su tesoro una de ellas como si fuera parte de las joyas de la corona.
Antonio Pérez la empleaba para cualquier enfermedad. Cuando fue visitado en Madrid en su casa de la plaza del Cordón por el Justicia de Aragón, éste le comentó los vapores y desfallecimientos que sufría su mujer. Atento como siempre, el secretario le preparó un sortilegio con piedras bezoar que guardaba en un cofre para asistir a la mujer de su amigo.

El negro futuro para Faraón
Durante su exilio en Francia siguió manteniendo correspondencia con su familia en Madrid. Sabemos, por ejemplo, de una carta enviada a su hija Gregoria en la que se exponen unas extrañas "tablas" con las horas de insomnio, tablas de los sentidos del alma, de los planetas y estrellas y de los elementos, elementos que Marañón identifica con la mente delirante de un desterrado pero que quizás tienen más relación con la situación que en esos años vivía el París del antiguo secretario. Hacía pocas décadas que Michel de Nostradamus (1503-1566) había fallecido y su fama como astrólogo y vidente, lejos de decrecer, había ido en aumento de forma sorprendente. Es más, se sabe que durante su época de trabajo con Felipe II, Antonio Pérez hacía gala de un extraño lujo: un astrólogo de cámara, llamado Pedro de la Hera; un clérigo que era capaz, decían, de poder leer el porvenir en las estrellas, algo a lo que en más de una ocasión debió de agarrarse el secretario para decidir el desenlace de complicados vericuetos políticos.
Su fecha de nacimiento, el 6 de mayo, hizo que su horóscopo siempre estuviera vinculado a las Siete Pléyades lo que, como él mismo llegó a decir en su correspondencia privada, le permitía "el andar envuelta mi fortuna con reyes y príncipes y el no haber cosas mías que no traigan consigo estruendo".
Una vez huido a tierras de Aragón los pronósticos de sus horóscopos y de los que le hacían llegar sus acólitos, eran claramente antifelipistas. En una extraña clave judeosionista el propio Antonio Pérez era identificado en algunos de ellos con Moisés y el monarca, Felipe II, con el despótico Faraón sobre el que el poder divino haría caer innumerables y terribles plagas. Esto es lo que podemos deducir de la lectura del presagio enviado por Álamos de Barrientos a Pérez en el exilio, no sabemos si para darle moral, en el que se dice: "Ánimo, señor, que Dios vela por nosotros; buena va vuestra causa; plagas vienen sobre Faraón... vuestra merced no desmaye, pues Dios le toma por sujeto, como a Moisés, para castigar la dureza de Faraón".
Durante el proceso inquisitorial del secretario también salieron a la luz numerosos documentos en donde se habían registrado misteriosos horóscopos que, por más que lo han intentado muchos historiadores y estudiosos del esoterismo, todavía no han dado con una respuesta satisfactoria. En uno de ellos podía leerse "Quien ponga lo que falta/ en este onceno número pintado/ 10130422500/ puesto en la esfera alta/ mostrara de Felipe el triste estado/ Y el que Saturno hado/ mostrara que le asalta/ promete demostrar como gran cosa/ a toda nuestra España provechosa".


CASAS DE ANTONIO PÉREZ EN MADRID

Al igual que sucede con la princesa de Éboli en Madrid, son muchos los lugares que todavía rezuman la huella del secretario Antonio Pérez. Las casas principales, su residencia habitual en la villa, se encontraban cerca del antiguo Alcázar o Palacio Real. Por un lado, la llamada casa de Puñonrostro se levantaba en lo que hoy es la plaza del Cordón, detrás de la plaza de la Villa, a unos metros de la iglesia de San Justo, totalmente remozada y que nada tiene que ver con la que utilizó Pérez para acogerse a sagrado en una de sus huídas. En la misma plaza del Cordón existe hoy una placa que recuerda el lugar exacto en donde estuvo aquella residencia. En la placa podemos leer: "En este lugar estuvieron las casas del Cordón donde el secretario de Felipe II Antonio Pérez vivió desde 1575 y sufrió cuativerio hasta su fuga en 1585". La calle colindante a lo que serían las casas del Cordón hoy recibe el nombre de calle de Puñonrostro.


Por otro lado, no lejos de allí, en la actual calle de Santa Isabel, muy cerca de lo que hoy es el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía, estaba la llamada "Casilla" de Antonio Pérez, una finca en la que también residía de vez en cuando. Al igual que ha sucedido con las casas de la plaza del Cordón, de la Casilla no se conserva resto alguno.



EL CASO ANTONIO PÉREZ,
por José Antonio Molero


Una de las figuras españolas más discutidas y peor comprendidas, contradictoriamente objeto de los más formidables panegíricos y alabanzas y de los más exacerbados odios y críticas, ha sido, sin duda alguna, Felipe II, hasta el punto de que fue llamado por sus enemigos ‘el Demonio del Sur’. Aun todavía, este monarca, cuyo nombre llena de pleno derecho una de las más brillantes páginas de la Historia moderna universal, ha sido y continúa siendo motivo de múltiples estudios en uno y otro sentido.
Felipe II ha sido, en efecto, uno de los monarcas más atacados, criticados y calumniados de toda la historia y, como se sabe, la ‘leyenda negra’ antiespañola que se forjó en los reinos de la Europa del Norte durante la segunda mitad del siglo XVI fue, en gran parte, una leyenda antifilipina.

1. Pilares y temas de la leyenda negra antiespañola
Los orígenes y desarrollo de la leyenda negra pergeñada contra España se apoyan fundamentalmente en estos tres pilares:
1. El libro Exposición de algunas mañas de la Santa Inquisición española, editado en 1567, obra de Reginaldo Gonzalo Montanés, un protestante español refugiado en Francfort y protegido por los príncipes alemanes partidarios de la Reforma luterana, muy traducido durante la segunda mitad del siglo XVI al inglés, alemán, francés y holandés.
2. La malévola explotación, a partir de 1578, de algunas obras de fray Bartolomé de las Casas, particularmente la titulada Brevísima relación de la destrucción de las Indias.
3. La Apología, de fines de 1580, obra de Guillermo de Orange, que será a su vez punto de partida de numerosos libelos franceses, ingleses y alemanes.
Esta serie de libelos desarrolla tres temas principales:
a) Acusación, entre otras cosas, de haber asesinado a su tercera esposa Isabel de Valois y a su hijo don Carlos, y de vivir amancebado con su hermana doña Juana, viuda del príncipe Juan, heredero del trono de Portugal.
b) Acusación de fanatismo y crueldad a través de la Santa Inquisición.
c) Denuncia de las atrocidades cometidas por los españoles en la conquista de América.
Estos tres temas pueden reducirse a uno solo: el fanatismo religioso identificado con España y su monarca, enemigo implacable del protestantismo y declarado campeón de la Contrarreforma.

2. Felipe II y su momento histórico
Felipe II, al suceder en el trono a su padre Carlos I de España y V emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, estaba destinado desde la cuna a un protagonismo de primer orden en una lucha tenaz y prolongada entre los principios religiosos del Catolicismo y de la Reforma, y los de la autoridad y de la libertad; a encarnar en su persona la idea de la unidad religiosa y monárquica y, al mismo tiempo, a ser el símbolo de una España exaltada a la cumbre de su poderío y saber, que veía cómo se acrecentaban con nuevas conquistas sus inmensos dominios, "en los que nunca se ponía el Sol".


Teniendo en cuenta la realidad histórica de Felipe II, ¿cómo puede extrañarnos que, por un lado, los escritores españoles de los siglos XVI y XVII, cuyos sentimientos, creencias y aspiraciones se identificaban con los del Rey Prudente, sólo tuviesen para éste himnos de alabanza, tal vez desmedidos en ocasiones? Y por otro, ¿por qué extrañarnos de que los historiadores extranjeros, singularmente los protestantes, cuyas doctrinas religiosas y políticas eran del todo opuestas a las del monarca español, calumniasen sus actos y su persona y envolviesen su nombre execrado con el nimbo fatídico de algo monstruoso, cruel y perverso?

3. Dos criterios enfrentados
Ésta es la explicación de que alrededor de Felipe II se hayan forjado dos concepciones históricas opuestas, pero ambas también incompletas:
una, la que han ido trazando los suyos, que ha tendido, por lo general, más a la admiración y a la disculpa que a la exposición concreta de los hechos;
y otra, la escrita por sus enemigos en las batallas y rivales en sus pretensiones, que hace alardes de aquella conocida sentencia que nos advierte de que «la historia es una conspiración constante contra la verdad».

4. Crítica objetiva y perspectiva histórica

Para juzgar objetivamente a un hombre se hace necesario tener en cuenta el siglo en que vivió, las circunstancias y las dificultades que tuvo que arrostrar y contra las que tuvo que luchar, sus grandezas y sus miserias, sus aciertos y sus errores, y —cómo no— los prejuicios de su época.
¿Qué se ha hecho de este principio histórico elemental? A Felipe II se le juzga desligado del ambiente, de los métodos y preocupaciones de su tiempo; se le procesa en el marco de las ideas y pensamientos de la sociedad actual y se le condena porque veía y apreciaba de distinto modo lo que nosotros vemos y apreciamos con ojos y valores de cuatro siglos después.
Soy de la opinión de que un criterio mediatizado por el rencor, el resentimiento y la envidia tan sólo conduce a la inopia intelectual, que es tan acientífico como injusto y que otorga poco rigor a los estudios históricos, porque ¿acaso pueden juzgar de idéntica manera un mismo hecho el protestante, el racionalista, el ateo, el español o el inglés, cuyas teorías religiosas y políticas difieren tanto entre sí? De aquí que nazca necesariamente una crítica insegura, unas conclusiones inexactas, un concepto variopinto y poco convincente que a nadie convence y todos refutan, por falta de un fundamento sólido e inmutable.
Es indudable que los hombres del siglo XVI creían perfecto o, por lo menos, necesario por entonces —a falta de otro mejor— su sistema de juzgar y de proceder, del mismo modo que nosotros creemos perfecto el nuestro. ¿Puede afirmarse con toda legitimidad que no lo sea efectivamente? ¿Quién nos certifica que la Humanidad, en su constante progreso, o, si se prefiere, en sus múltiples y continuadas variaciones, en su perpetuo flujo y reflujo, no haya de creer, andando el tiempo, injusto, erróneo, equívoco, incompleto y no definitivo nuestro actual criterio en muchos asuntos?
Evidentemente —y esto hay que tenerlo muy presente antes de concluir esta parte—, no es intención de quien escribe estas líneas tratar de poner en duda los eternos principios de la Justicia y de la Moral, según los cuales todo acto malo es reprobable y digno de execrarse, como, por el contrario, lo bueno es siempre merecedor de alabanza y galardón.
Sentados estos principios, que juzgo necesarios para no dejarse fascinar por argumentos más aparentes que reales, paso a valorar una de las acusaciones que se han vertido contra Felipe II, con la intención de ir retomando, en escritos posteriores, aquellas otras, también consideradas inexactas y equívocas, a la luz de nuevos estudios basados en criterios metodológicos más objetivos e imparciales.

5. El caso "Antonio Pérez"
De las crueldades que se le atribuyen a Felipe II, me ocuparé en este escrito de la implicación que pudiera tener el monarca en el asesinato de Juan de Escobedo, acusación esta poco conocida, pero no por eso menos vejatoria e imprecisa que las otras.
Como sabemos, Felipe II comenzó su reinado con la abdicación, en 1556, de su padre,
En efecto, uno de los asuntos que ha dado lugar a más falsedades contra la figura de Felipe II es lo ocurrido con su secretario Antonio Pérez. Revisemos lo sucedido a la luz de las más recientes investigaciones que se han llevado cabo sobre la figura de este monarca.
Antonio Pérez fue legitimado por Carlos I en 1542 como hijo de don Gonzalo Pérez, uno de los más prestigiosos secretarios del emperador y, posteriormente, de Felipe II, ya que el origen de su nacimiento quedaba bastante oscuro. Resulta muy probable que el citado Gonzalo Pérez fuese realmente quien lo engendrara durante la etapa en que ejerció como clérigo, como así puede deducirse de las reiteradas acusaciones de sus enemigos en tal sentido, que don Gonzalo siempre negó. Esta circunstancia empañó el origen de Antonio y determinaría su carácter de persona desconfiada y envidiosa y de político intrigante y ambicioso.
Legitimado ya el pequeño Antonio por el emperador, fue puesto bajo la custodia del portugués Rui Gómes de Silva, príncipe de Éboli, en cuya mansión fue criado y protegido por este noble hasta que se decide el inicio de su formación, cuando contaba los 12 años. La formación del niño se cuidó con esmero, ya que estudió en las más prestigiosas universidades europeas: Alcalá, Salamanca, Lovaina y Padua. La cultura italiana le influyó considerablemente, pues fue el país transalpino en donde pasó más tiempo.
Su mentor, el príncipe de Éboli, le requirió para su traslado a la corte, donde iniciaría su formación política de mano de su padre, quien en ese momento desempeñaba el cargo de secretario del Consejo de Estado. A la muerte de don Gonzalo, en abril 1566, Antonio asumió la responsabilidad de la parte de la Italia española.

6. La princesa de Éboli
Sabedor el rey Felipe del disparatado tren de vida, pleno de lujo y ostentación, que llevaba el joven Antonio Pérez en el Madrid imperial, exigió a su secretario que pusiera fin a vida tan disoluta y se casara, para firmar oficialmente su nombramiento. Esta faceta de crápula la mantendrá Antonio Pérez durante buena parte de su vida, quien, una vez secretario, se entrega a los brazos (y a la cama) de la princesa de Éboli, doña Ana de Mendoza y la Cerda (1540-1592), viuda ya de don Rui Gómes, el mentor de Antonio Pérez.
Por su educación, doña Ana tuvo un carácter orgulloso, dominante y altivo, pero también voluble, rebelde y apasionado, todo lo cual le venía dado por sangre de los antiguos Mendozas. De la infancia de esta mujer, no hay noticias destacadas, salvo aquella que dice que era tuerta. En torno a esta lesión física hay una leyenda que atribuye la pérdida del ojo a una caída del caballo o a la práctica de esgrima, pero este dato no es fiable; quizás no fuera tuerta, sino bizca. Sea como fuere, lo cierto es que quienes la conocieron alabaron su belleza, a pesar del parche negro que la adornaba. Por otra parte, Antonio Pérez acrecentó aún más si cabe su fama de persona dada a los lujos, alegres reuniones y opíparos festines, para cuyo mantenimiento se vio obligado a recurrir a turbios asuntos cargados de corruptelas en los que la Historia involucra presuntamente a su amante doña Ana de Mendoza.

7. Juan de Escobedo
Aunque lentamente, Antonio Pérez había ido ganándose la confianza de Felipe II, pasando a ser uno de los más destacados miembros del partido ebolista, enfrentado con el otro grupo de poder en la corte, los partidarios del Duque de Alba. Tal fue la confianza que don Antonio consiguió del rey, que le encargó la elección de una persona de su entorno para espiar a su hermanastro don Juan de Austria (1545-1578), que aspiraba a tener su propio reino, contrayendo matrimonio con María Estuardo, reina de Escocia, reino que ampliaría luego apoderándose de Inglaterra. Resultó elegido don Juan de Escobedo, otro protegido, al igual que Antonio Pérez, del difunto príncipe de Éboli. Pero parece ser que, al conocer Escobedo las relaciones que Pérez mantenía con la viuda de su protector, censuró su comportamiento y decidió abandonar al secretario para apoyar las opiniones de don Juan, que por entonces el rey había destinado a los Países Bajos como Gobernador General.
El enfrentamiento con Escobedo provocó la pronta caída de Pérez, que, herido en su amor propio, decidió perder a su amigo. La ocasión para su venganza se le presentó con motivo de una visita oficial que Escobedo hizo a Madrid, enviado por don Juan para recabar mayores apoyos en su política flamenca. Don Antonio acusó a Escobedo ante Felipe II de fomentar los ambiciosos planes de poder de don Juan de Austria. El rey se dejó convencer por su secretario y, según posteriores declaraciones de éste, le autorizó a que atentara contra la vida de Escobedo, que resultaría muerto a estocadas por asesinos pagados en una calle de Madrid el 23 marzo de 1578. El clamor popular inculpó del asesinato a Pérez y la familia de Escobedo pidió justicia ante el rey.
Este error político fue rápidamente aprovechado por los enemigos de Pérez, que suscitaron la sombra de la duda en el ánimo del monarca. Felipe II, recelando que había sido juguete de las intrigas de su secretario, le mandó prender. Se inició una investigación en la que se descubrió la culpabilidad del secretario. Felipe relevó a Pérez por el anciano cardenal Nicolás Perremot de Granvela (1517-1586) y Antonio era detenido y encarcelado el 28 de julio de 1579.
La causa por la que Pérez fue enjuiciado se limitaba a asuntos de corrupción, sin profundizar en el asesinato de Escobedo. El Proceso Criminal se prolongó once años, sin que se llegase a nada concluyente. Pérez fue condenado a 2 años de cárcel y 10 de destierro, pero, simultáneamente, se inició el proceso por el asesinato de Escobedo, que acabó con la acusación formal y tortura del reo. Corría el mes de junio de 1589 y Pérez se vio perdido, por lo que comenzó a pensar en la huida.

8. Antonio Pérez y los Fueros de Aragón
Incomprensiblemente, Antonio Pérez logró fugarse de su cárcel de Madrid, y el 19 de abril de 1590 llegaba a Aragón, buscando amparo, valiéndose de su condición de hijo de aragonés, en los fueros de aquel antiguo reino, donde, en virtud del privilegio de manifestación, se puso bajo la protección del Justicia foral, don Juan de Lanuza. No obstante, el magistrado ordenó su reclusión en una cárcel de Zaragoza.

Legalmente, el rey no podía enjuiciar en Aragón a un reo que hubiese cometido su crimen en el reino de Castilla, por lo que recurrió al único tribunal que tenía competencias en todo el territorio peninsular, la Santa Inquisición. Por presión real, Antonio Pérez fue acusado de herejía y se dispuso su traslado a una cárcel inquisitorial, sin que previamente hubiese dado su consentimiento el Justicia de Aragón, que interpretó tal decisión como una agresión a los fueros aragoneses.
Con gran habilidad, Pérez consiguió unir su causa a la del respeto a los fueros, y haciéndose pasar por víctima del rey, soliviantó a su favor al pueblo zaragozano, que exigió violentamente de los inquisidores la libertad del reo, en medio de una insurrección que propició la huida a Francia del acusado. Felipe II envió un ejército a Aragón, que puso fin a los disturbios y, considerando a don Juan de Lanuza culpable de lo ocurrido, mandó procesarlo. Lanuza fue decapitado en Zaragoza y muchos nobles murieron en las cárceles. Después modificó y limitó las atribuciones de los fueros de Aragón, e hizo que el cargo de Justicia del reino fuera, en adelante, de nombramiento real.

9. Traiciones y libelos
Una vez en territorio galo, Pérez recibió el apoyo de Enrique IV, acérrimo enemigo del rey Felipe, protección que él pagó revelando traidoramente secretos de Estado, al poner en manos de éste atractivos proyectos desestabilizadores para España. El fracaso de los intentos de invasión francesa motivó el traslado de Pérez a Inglaterra, donde también contó con importantes ayudas, ofreciendo interesante información que sirvió para el posterior ataque inglés a la plaza de Cádiz en 1596.
Pero el Tratado de Vervins (1598), que dio fin a las guerras de religión en Francia, supuso el final diplomático de Pérez, que se dedicó a la escritura, llegando a publicar dos importantes obras que tuvieron un destacado efecto negativo en la figura de Felipe II: las Relaciones y las Cartas, otra base originaria de la injusta leyenda negra formada contra aquel monarca y contra España.
Muerto ya Felipe II, Antonio Pérez intentaría obtener el perdón hispano en numerosas ocasiones, siempre con resultado negativo, hasta que falleció en la más absoluta pobreza en París, el 7 de abril de 1615.
La Historia, que ya tiene suficiente perspectiva para juzgar serenamente al Rey Prudente, ha tenido que reconocer no sólo las inexactitudes de muchas de las calumnias que se han vertido contra su persona, sino, además, su gran superioridad moral y política sobre los demás gobernantes de su época.

BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Manuel (1998): Felipe II y su tiempo. 2.ª ed., Ed. Espasa Calpe, Madrid.
LYNCH, John (1997): La España de Felipe II. 1.ª ed., Ed. Crítica, Barcelona.
MARAÑÓN, Gregorio (1954): Antonio Pérez. 7.ª ed., Madrid, 1963; 2 tomos.
MENÉNDEZ PIDAL, Ramón (s.f.): Historia de España. Ed. Espasa Calpe, Madrid; tomo XXII.

Extraído íntegramente de:

http://www.gibralfaro.org/historia/casoaperez.htm