LUCES Y SOMBRAS SOBRE LA ENIGMÁTICA PRINCESA DE ÉBOLI

Por Clara Tahoces, publicado en el número 293-295 de Karma 7 (1998)

A punto de cumplirse el IV Centenario de la muerte de Felipe II, muchos historiadores se han propuesto ahondar en la vida de este rey, tan poderoso como controvertido, a través de la organización de numerosos actos que servirán para aportar un mayor conocimiento sobre su figura... Sin embargo, parte de su "leyenda negra" le viene marcada por algunos de los personajes que le rodearon: uno de ellos, la princesa de Éboli, tiene una trayectoria tan rocambolesca como misteriosa en la que se juntan magia, Inquisición, supuestas infidelidades y traiciones

Granizaba y un frío intenso recorría nuestros huesos cuando llegamos a Pastrana (Guadalajara), en busca de más datos sobre una enigmática mujer: Ana de Mendoza y de la Cerda. Tras recorrer varios kilómetros por una carretera fantasmagórica que parecía no llevar a ninguna parte, ahí estaba frente a nuestros ojos el palacio de los Mendoza, donde diera con sus huesos la princesa de Éboli y primera duquesa de Pastrana, tras un largo peregrinar de prisión en prisión... Y es que la vida de esta mujer, para bien o para mal no pasó desapercibida, en gran medida debido a su extraordinaria belleza (quizás éste sea el punto en el que coinciden todos los historiadores), que a tenor de su biografía no le trajo más que desgracias. Allí, en medio del granizo, poco usual para esas fechas, una reja llamó poderosamente nuestra atención. Más tarde averiguaríamos que tras ella murió Ana de Mendoza a los 52 años de edad. No obstante, antes de llegar a este punto, la princesa había tenido una dilatada y fulgurante trayectoria que no comenzaría de forma demasiado positiva, y sobre la que habíamos recogido ya muchos detalles...

La princesa tuerta
Nacida en Cifuentes, era hija única del conde de Mélito y de la hija del conde de Cifuentes. Sus padres, don Diego de Mendoza y doña Catalina de Silva la bautizaron el 29 de junio de 1540 en la iglesia del Salvador de Cifuentes, y aquí es donde da comienzo el primer equívoco, pues por complacer al hermano de la condesa (Juan), la bautizan con el nombre de Juana. A pesar de ello, si lo que se desea es ahondar en su vida, habrá que buscarla en las enciclopedias como Ana.
En 1552, cuando tenía tan sólo 12 años y aún no había perdido el ojo derecho, (sin que se sepa en qué circunstancias, aunque todo apuntaría a que quedó tuerta ejercitando las artes de espadachina) que cubriría con posterioridad con el parche que la ha hecho tan popular, sus padres deciden su casamiento con Ruy Gómez de Silva, procedente de una familia de portugueses que se entregó al servicio de Felipe II con fervor y devoción. La boda no se celebraría hasta siete años más tarde en Alcalá con la asistencia de Felipe II. Sin embargo, el saberse ya desposada desde tan niña con un hombre que le triplicaba la edad no debió de resultarle muy halagüeño. El matrimonio duró cerca de 14 años y fruto de éste nacieron 10 hijos, aunque sólo 6 sobrevivirían lo suficiente como para llegar a edad adulta.
Tras la muerte de su esposo quiso ingresar como monja carmelita en el convento de Pastrana, aunque parece que Felipe II no veía con buenos ojos esta decisión puesto que en una carta fechada en El Pardo el 25 de septiembre de 1573 le pedía que abandonara el convento y se dedicara a la administración de los bienes de su esposo y al cuidado de sus hijos, hechos que consideraba incompatibles con el de permanecer recluida en un convento, aunque según se conoce, lo que en realidad sucedió es que las monjas no soportaban a la princesa pues era excesivamente ambiciosa y fueron ellas mismas quienes rogaron al monarca que hiciese algo al respecto. La princesa contraatacó con otra misiva dirigida al monarca en la que le pedía encarecidamente que : "...no permita que por inducimiento de nadie yo haga mudanza tan desautorizada para mí y para los huesos de mi marido, mandando, por la brevedad con que él procura mi salida, al inquisidor general quel le scriva quél alce la mano desta pretensión...", aunque de poco sirvió esta rogatoria ya que Felipe II determinó su expulsión, tras lo cual volvió al palacio de Pastrana, aunque sólo por 3 años.
Después de este lapso la princesa estimó conveniente marcharse a su palacio en Madrid (que se hallaba situado justo frente al antiguo Alcázar), en lo que hoy se conoce como la plaza de la Armería y que actualmente son unos jardines...

Intrigas en la Corte
Una vez en la Corte se establece un extraño triángulo (para otros cuadrado) que ha sido el que le ha dado fama de díscola y ambiciosa, pues se la comienza a relacionar sentimentalmente con: Juan de Escobedo (secretario personal de don Juan de Austria), Antonio Pérez (secretario de estado de Felipe II, que toma el cargo tras la muerte de su padre en 1566, que era el anterior secretario) y hasta incluso con el propio monarca, pues se afirma que éste sólo tiene que cruzar la calle para poder visitarla... Que hubo una relación con Felipe II (al menos epistolar) ha quedado demostrado. Pero de ahí a que hubiese algo más quién puede saberlo...
No obstante, los acontecimientos que se suceden son de difícil interpretación: Juan de Escobedo (se especula que despechado porque la princesa le había retirado sus favores) trata de convencer a Felipe II de que Antonio Pérez estaba conspirando contra él auspiciado por Ana de Mendoza. La verdad es que Felipe II no tenía muy buen concepto de Pérez e incluso a punto estuvo de no nombrarle para el cargo de secretario porque hasta sus oídos habían llegado una serie de circunstancias que disgustaban sobremanera al "rey de negro". Por un lado, llevaba una vida poco austera, además se perfumaba en exceso, era cada vez más aficionado a la bebida y a frecuentar casas de "mala nota", y era conocido incluso y notorio que en una de sus propiedades llamada la Casilla se sucedían toda suerte de hábitos poco recomendables, incluido el juego.
A pesar de ello, el monarca creyó (tal vez en este caso un tanto ingenuamente) que Pérez cambiaría al contraer matrimonio con Juana Coello el 3 de enero de 1567. Ello unido al "empujón" que la princesa dio a este nombramiento hicieron que Felipe II lo tomara a sus órdenes.
Sin embargo, el monarca habría de arrepentirse a la larga de esta decisión pues, no sólo no cambió su conducta sino que fue a mayores, sobre todo con su enriquecimiento repentino y su manera de hacer ostentación de éste. Por otra parte, sostiene Federico Bravo Morata en su historia de Madrid que Pérez trató de convencer a Felipe II de que el conspirador era en realidad Juan de Escobedo, y que pronto asestaría un golpe mortal al rey...

La muerte de Escobedo
De esta curiosa forma, presumiblemente Felipe II pide a Pérez que mate a Escobedo, lo que daría pie a numerosas consecuencias. Muchos estudiosos han querido ver en esta acción una trama en la que es fácil suponer quién podría salir más beneficiado. Tal vez "el rey de negro" que ya desconfiaba de todos, quiso buscar una forma de terminar con ellos de una forma limpia y poco comprometida para él : Juan de Escobedo, Antonio Pérez y la propia princesa que -en el caso de que estuviera manteniendo una relación con él y su secretario- se convertían en poderosos enemigos a los que había que neutralizar cuanto antes.
Así pues, el 31 de marzo de 1578 Escobedo moría asesinado cuando volvía a su domicilio por una pandilla de hombres pagados por Pérez que le asestaron varias estocadas produciéndole la muerte casi de forma instantánea. De hecho, se especuló en los días siguientes al crimen que no era la primera vez que el secretario de Felipe II atentaba contra Escobedo. Se habrían producido otras dos fallidas intentonas, ambas por envenenamiento: la primera mezclándole en el agua que habría de beber una sustancia ponzoñosa y la segunda añadiendo veneno en un postre de nata, aunque por unos motivos u otros no se había conseguido terminar con su vida. A este respecto existe cierta similitud entre la figura de Escobedo y la del enigmático Rasputín que fuera protegido del zar Nicolás II (al que también se le practicó una conjura que no dio sus frutos tan rápido como se esperaba en un inicio. Tras invitarle a una cena en la que le suministraron grandes dosis de veneno en el vino y en los pasteles, inexplicablemente no consiguieron su propósito. Después, optaron por tirotearle y arrojarle -aún vivo- al río Neva).

La princesa "hechiza" a sus guardianes
En cualquier caso y volviendo a nuestra historia, lo que cuenta es que el asesinato de Escobedo desencadenaría una tormenta imparable pues sus familiares, no ajenos a todos los rumores que circulaban sobre Pérez y la princesa, exigen al rey que tome cartas en el asunto, quedando Felipe II libre de toda responsabilidad política (cosa que no nos sorprende demasiado).
De esta época surgen unas letrillas satíricas que asocian al secretario con el Maligno y que, como veremos, serían aprovechadas posteriormente como una que decía: Don Antonio, Don Antonio, Secretario, Secretario, el mismísimo demonio.
Así pues, Felipe II decreta el encarcelamiento domiciliario de Pérez (no era interesante abrir un proceso sobre su persona en el que se pudiera ver quién le había mandado acabar con la vida de Escobedo), y ya de paso, aprovecha para deshacerse de la princesa de Éboli a la que acusa de intrigante y encarcela tras los fríos muros del torreón de Pinto (una localidad madrileña que está considerada como el centro geográfico de España).
Con 30 metros de envergadura se observan todavía los trazos de las ocho garitas y matacanes que poseía el castillo. Hoy sólo queda el torreón. Sin duda, el controvertido rey pensó que éste parecía un lugar inexpugnable del que la princesa jamás lograría salir. Pero se equivocaba, puesto que no había barreras para esta enigmática mujer, ni torreones lo suficientemente elevados para que ella no alzase el vuelo.
Así, se produce un hecho que da pie a una nueva leyenda: Ana de Mendoza y de la Cerda decide que no aguanta más y se fuga del torreón, según se comenta aquellos días, tras "hechizar" (hoy sería más apropiado el término "hipnotizar") a los guardianes que custodiaban su retiro, aunque para su desgracia sería posteriormente apresada y conducida al castillo de origen templario de Santorcaz (ver anexo 1).
En cuanto a Pérez, Felipe II no tiene más remedio que dar luz verde a su procesamiento porque la familia de Escobedo seguía clamando justicia 4 años después del crimen, por lo que el secretario es trasladado de cárcel en cárcel hasta que después de ser sometido a tormento confiesa el crimen. No soportando más la situación, decide hacer lo propio que la princesa y escapa de la prisión, ayudado por quién menos podía esperarse: su mujer, que desde luego estaba al tanto de sus correrías y de sus infidelidades, y lo hace de una forma casi increíble. Aprovechando una visita de Juana Coello, intercambian sus ropajes y Pérez huye del cautiverio ataviado con las ropas de su esposa el 19 de julio de 1590 (cosa bastante extraña teniendo en cuenta que el reo lucía una poblada barba). Pero así sucedió y el "mismísimo demonio" logra llegar hasta Calatayud para refugiarse en el convento de los dominicos.

Con la Inquisición en los talones
Como es de suponer esta fuga, así como la de la princesa es tomada por Felipe II como una burla sin precedentes hacia un rey -no debemos olvidarlo- considerado el más poderoso de su época, y al que pocos se atrevieron a rechistar, con excepción quizás de su hijo, el malogrado príncipe Carlos (ver anexo 2). Así pues, envía a unos emisarios para que le hagan de nuevo preso, pero Pérez -que no parecía tener un pelo de tonto- se acoge al derecho de asilo través de su fuero (pues su familia era originaria de Aragón), lo que dio pie a un conflicto entre las autoridades civiles y militares que duraría aproximadamente cuatro años.
Felipe II, despechado por la princesa, burlado por su secretario que conocía muchos de sus secretos y que le había dejado en ridículo decide jugar su última carta : que entren a buscarle por la fuerza al citado convento ignorando el fuero y que lo trasladen a la prisión de los manifestados de Zaragoza, lo que hace que Pérez se granjee las simpatías del pueblo que no ve con buenos ojos que nadie se salte descaradamente sus leyes.
Pero Felipe II aún va más lejos y para acallar a los simpatizantes de su ex- secretario lo acusa ante la Inquisición de haber practicado "magia negra", amparándose en unas supuestas pruebas, que lógicamente nadie iba a discutirle...
Ante esto, como es de fácil entender, no había gran cosa que hacer, pues la maquinaria del Santo Oficio, una vez puesta en marcha sólo podía detenerse a través de un verdadero milagro (Ver anexo 3).
Desde luego no era lo mismo estar en una cárcel de la Inquisición que en la prisión de los manifestados, pues de la primera se salía generalmente para ir a la pira de leña y en la segunda era necesario un largo proceso, cosa que no favorecía al rey, para el que Antonio Pérez y la princesa habían comenzado a convertirse en una pesadilla.
Al comprender que había poco que hacer, y que pronto iría al cadalso, sus amigos aprovechando la situación, al llegar las tropas del inquisidor a hacerse cargo del reo, provocan un tumulto y Antonio Pérez desaparece con todo el jaleo, burlando otra vez las pretensiones del rey, para reaparecer tiempo después en Francia sano y salvo.
El "rey de negro" al enterarse de la noticia se encolerizó aún más y procedió contra Aragón por dejar huir a Antonio Pérez, haciendo que un ejército entrase en Aragón para ejecutar a Juan de Lanuza (representante de la justicia aragonesa), cosa que terminó por empañar su imagen ante los aragoneses que veían nuevamente violado su fuero.

Últimos días de la princesa de Éboli
Entre tanto, la princesa después de su misteriosa fuga y posterior apresamiento permanecía en Santorcaz donde le fue "ofrecida" la mejor habitación, aunque eso sí, en la torre más alta de las cinco que poseía el castillo (no fuera a ser que volviera a ejercitar sus artes hechiceriles y saliera "volando"). Si bien es cierto que allí poseía mayores comodidades que en el torreón de Pinto y que podía recibir la visita de sus hijos, la princesa enfermó, y se decidió su traslado a Pastrana, a su antigua residencia para que pudiera seguir administrando los bienes de su difunto marido al tiempo que sería atendida por sus hijos, especialmente por su hija mayor, Ana, quien cuidó de ella hasta sus últimos días.
Allí, frente al que fuera el palacio de los Mendoza, observábamos bajo el fuerte granizo una reja desde la que la princesa se asomaba para recoger los rayos de sol, y en la que decidió firmemente mantenerse en huelga de hambre, lo que complicó en gran medida su precaria salud hasta que finalmente abandonó este mundo. Se la permitía salir de sus aposentos una hora al día, en la que podía bajar a la plaza que hay frente al palacio, que ha terminado por denominarse de esta curiosa manera aún en la actualidad: "de la hora". Y es que la imagen de la princesa está presente allí en cada rincón de Pastrana que el visitante recorre: pastelerías, mieles de la alcarria y otros lugares y productos llevan su nombre. Y es que, en este hermoso pueblo medieval el espíritu de la princesa aún con el paso de los años continúa muy vivo.

El castillo templario de Santorcaz
Santorcaz es uno de los pueblos más antiguos de España, y documentos hay, como uno titulado Historia de nuestro pueblo (que nos fue facilitado por el propio ayuntamiento de Santorcaz) en los que se quiere datar su fundación ¡2252 años antes de la venida de Cristo! aunque esto sería mucho presumir...
Sin embargo, el castillo se tiene por varios autores como nuestro compañero Juan G. Atienza como de origen templario. Sería el único que habría en la Comunidad de Madrid.
Del castillo queda poco, aunque la iglesia que se halla en su interior es una de las más lúgubres que hemos tenido la ocasión de visitar. En esta fortificación además de la princesa de Éboli, estuvieron presos personajes como el cardenal Cisneros, Francisco I de Francia, don Juan de Luna, Rodrigo Calderón, el marqués de Ayamonte, el duque consorte de Híjar, la marquesa del Valle, entre otros.
Como resalta Atienza en su libro Los enclaves templarios, se encuentra en Alcalá de Henares (Madrid) una techumbre de 15 metros procedente de este castillo, que fue posiblemente pintada en el siglo XIII, que representa un mapa celeste y las constelaciones de las que entonces se tenía noticia, lo que puede dar una idea de los intereses de los antiguos moradores de este enclave.

El infortunado príncipe Carlos
Si la princesa de Éboli y Antonio Pérez contribuyeron a crear una "leyenda negra" entorno a Felipe II, otro episodio en su vida también propició comentarios de toda índole, nos referimos a todo cuanto aconteció con uno de sus hijos, el príncipe Carlos (su primogénito), que moría el 25 de julio de 1568 en su estancia del Alcázar Real. Llevaba recluido allí desde enero de ese mismo año por orden del rey, que incluso mandó tapiar los muros e hizo que los guardianes lo llevaran allí de noche, mientras dormía. El motivo: conspirar supuestamente contra su propio padre.
El príncipe Carlos era un joven conflictivo, que creció huérfano de madre y al que, según se cuenta, su padre no hizo demasiado caso, siendo su abuelo el que se ocupara en mayor medida de él. Dicen que era irascible, cabezota, mal estudiante y vicioso, lo que aún iría en aumento cuando el príncipe se cayó por unas escaleras y hubo de ser necesario hacerle una trepanación. A partir de este momento se le manifestaron tendencias suicidas y cierto desequilibrio. En la época no se entendió que el joven padecía crisis de anorexia y de bulimia (y se le juzgó de caprichoso). Oficialmente murió de indigestión. Recién cumplidos los 23 años aparecía muerto en su improvisada prisión. Hay quién ha querido ver en todo este asunto la mano de Felipe II al que se le llegó a acusar de parricida, pues se juzgó que bien pudiera haber evitado su muerte.

La inquisición
Nadie desconoce que fueron los Reyes Católicos los creadores de la Inquisición, cuando expusieron al Papa Sixto IV, la necesidad de crear una institución que ayudara a acabar con la "herejía" reinante, para lo que se les dio una bula papal extraordinaria en 1478, por la que los reyes podrían nombrar inquisidores.
Sin embargo, existe una leyenda en relación a Torquemada y los Reyes Católicos que no deja de ser curiosa : cuando ya era sabido que los judíos iban a ser expulsados de España, las aljamas ofrecieron a Isabel y Fernando una gran cantidad de oro y plata a cambio de que se respetase su estancia y no fuesen desterrados. Parece que los Reyes Católicos estaban a punto de concederles la "gracia" cuando entró precipitadamente el siniestro Torquemada en el gabinete real y lanzó furibundo un crucifijo sobre la mesa, argumentando ante los monarcas que, ya podían venderlo, igual que lo hizo Judas en su momento. La leyenda cuenta que esta visita cambió el devenir del pueblo judío en España, aunque lo cierto es que al pedir la bula papal ante Sixto IV hicieron suyo ese conocido refrán de "más papista que el Papa". La posterior llegada de Felipe II al trono propició un recrudecimiento de esta institución, como ha podido verse en el caso de Antonio Pérez y en otros muchos más en los que los reos fueron ajusticiados sin piedad.